Historia de la Música Popular I - El Pacto con el Diablo

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En Misisipi, hace casi unos cien años, contaban que un hombre se paseaba por las calles nocturnas con una guitarra al hombro. Bien vestido, aunque con alguna rasgadura en el tejido, iba buscando algún portal donde poder refugiarse, algún compañero de viajes que le dejara tocar un rato sus seis cuerdas y comer un plato caliente. De vez en cuando cogía su guitarra y hacía sonar algo extraño, algo que nadie había escuchado jamás. Aquello era tan cautivador que uno no podía dejarlo, aún sabiendo que eso podía condenar su alma para siempre. Aunque nadie le conocía en persona (siempre era algún conocido quien afirmaba haberlo visto), la gente de los condados sí que tenía un nombre para él: Henry Sloan.

Y es que no había habitante de Misisipi que no hubiese oído hablar de este curioso personaje. Muchas eran las historias en las que alguien se había vuelto completamente loco al escuchar la guitarra de Sloan, otros decían que su mirada podía helar la sangre, que algunos habían muerto aterrorizados por su presencia. Pero lo único en lo que todos coincidían era que de sus manos salía algo nuevo, algo para lo que la música no estaba preparada, algo que podía revolucionar la historia. Se le atribuyó condición de fantasma, de buscavidas muy astuto, hasta de diablo. Su fama se fue expandiendo y algunos adolescentes que veían en la música una vía de escape para sus vidas opresivas y tortuosas se impusieron una misión: encontrar a Sloan para que les enseñara el camino.

Entre ellos estaba un aún jovencísimo Charlie Patton (aka Charley Patton). Este deseaba con todas sus fuerzas encontrar al hombre misterioso que le enseñaría los secretos de la guitarra y de la música. Que le mostraría cómo ser el hombre que siempre había querido ser. Por ello se embarcó en un viaje por todos los condados de la misma manera que Sloan se movía: con una guitarra al hombro a las horas más intempestivas. Poco le importaba si se trataba de un muerto viviente, de un fantasma o de Lucifer. Patton quería encontrarlo a toda costa.

Porque en una época tan tortuosa como esta para los negros en el sur de Estados Unidos, incluso una tarde con el diablo podía ser mejor opción que tu vida cotidiana. Era un conocido más, un amigo, un confidente, un compañero de batalla, un recolector de algodón... incluso un reverendo. Había alcanzado un status de normalidad para los habitantes de esa región de Estados Unidos, había conseguido ser uno más entre la multitud, y eso le encantaba. Porque todo el arte que se había hecho milenios atrás se había consagrado a la figura divina, a su antagonista de arriba. Y siempre pensó que su historia era mucho más interesante que la de Dios, pero no había tenido los mismos recursos ni las mismas simpatías del público. 

Patton estuvo buscando a Sloan durante meses, preguntó a aldeanos, a dueños de locales, a terratenientes, a la calaña más baja de la sociedad, pero ninguno lo había visto. Recogió poco más que un relato de un hombre que creía haberlo visto desde su porche y otro que contaba que un tal H. Sloan se había alojado en el motel de la ciudad. Nadie le había visto entrar ni salir, pero ahí estaban su nombre y su firma.

Incrédulo pero nervioso, Patton se decidió a entrar al famoso motel y le preguntó al dueño si podía quedarse con esa firma, a lo que este le dijo que por un módico precio era suya. Así que ahí estaba Patton, sin un centavo y con la firma de su ídolo desconocido vagando sin rumbo por Misisipi. Se hacía tarde aquel día y se quedó dormido apoyado en el porche de una casa sin nombre. Bien entrada la madrugada un escalofrío le recorrió el cuerpo y se despertó sobresaltado. Miró a su alrededor, no vio nada, pero notó algo. Una fuerza extraña y oscura le empujaba a coger su guitarra y tocar. Algo pasaba en sus dedos, parecía que los estaban guiando para que brotara ese extraño sonido cautivador. Ojalá alguien lo hubiera visto, ojalá alguien lo hubiera oído pero estaba allí sólo, componiendo la canción que podría cambiar el mundo, que podría sacarlo de la pobreza, de los campos, de la miseria. Y entonces apareció. No era una luz cegadora, todo lo contrario, era la pura oscuridad. Abrigo negro, piel oscura, guitarra negra... pero lo peor era su mirada. Su mirada no era negra, era un agujero, era el vacío. Aquella sombra se giró hacia él y empezó a llover. Patton siguió tocando y al hacerlo abrió una puerta que nunca se volvería a cerrar, aunque el verdadero final se revelaría años más tarde.



Esa puerta la atravesó uno de los mejores amigos de Patton, Son House. House también era músico, también tocaba la guitarra, pero era muy diferente en cuanto a las aspiraciones de Patton; para empezar, era predicador. Para ser más exactos, era el hijo de un músico que había hecho la conversión a predicador. Cansado de la mala vida, del alcohol, de las mujeres de una noche, de los robos y de los tiroteos el padre de House se retiró a la vida espiritual, aborreciendo todo de su etapa anterior. Por eso enseñó a su hijo a rezar, a vivir la vida de iglesia, y principalmente, a odiar a los músicos, especialmente si eran de blues. El blues se veía como la música del diablo y no quería que su hijo se corrompiera de esa manera. Pero a House hijo no le convencía la vida que su padre le estaba ofreciendo y buscó la manera de hacer la conversión inversa: de hombre religioso a músico de blues. Quería todo aquello que su padre rechazaba de manera frontal, aunque no abandonó sus tareas de predicador hasta años más tarde de adentrarse en el blues.

Pero House todavía no pensaba así la noche en que Patton se encontró cara a cara con Sloan. Por ese entonces, House todavía tenía esperanzas en la fe, en la religión, en Dios. Sin embargo, esa noche tuvo que rechazar toda esa espiritualidad por otra muy diferente. Aunque dormido, House pudo sentir las vibraciones, pudo escuchar cada una de las cuerdas que Patton estaba rozando en ese preciso momento. Entró tan dentro de él que no pudo sino levantarse al día siguiente, sacar la olvidada guitarra de su padre y ponerse a tocar hasta que las manos sangraron.

Conforme se fue haciendo adulto, House se acostumbró a frecuentar los tugurios más indeseables, a jugar, a beber, a sentir todo lo que hacía un bluesman verdadero. En una de las fiestas a las que solía asistir se sentó a la mesa de póker junto a otros vividores en busca de fortuna. La cosa le estaba yendo bien, en una mano llegó a tenerlos a todos atemorizados con un all in que parecía ser su jugada ganadora. Tenía un póker de ases y estaba convencido de su victoria. La mayoría se retiró al ver toda su suma de dinero en la mesa, pero hubo uno de ellos que se quedó y aceptó la apuesta. Esto consternó al bluesman, pero nada le iba a hacer temblar con una mano como aquella. Llegó el momento de destapar las cartas y fue entonces cuando House comprobó que lo había perdido todo. "Escalera de color" dijo el otro. Hubieron unos instantes de incertidumbre. Todos miraron a House porque sabían que iba a entrar en cólera. House clavó sus ojos en el que había destrozado su jugada. Parecía estar analizándole, juzgando cómo lo había conseguido.

Su adversario se llamaba Leroy Lee y House le acusó de no haber jugado limpio. Lee, evidentemente, se sintió ofendido y los dos se enzarzaron en una pelea a la que pronto se había unido media taberna. La cosa se puso fea cuando Lee sacó un revólver y, casi al instante, House también. Empezaron a dispararse y Lee acabó en el suelo muerto. Nuestro bluesman acabó en la cárcel y allí permaneció un año hasta que sus amigos y familiares consiguieron el dinero para sacarle. Durante ese año House conoció a muchos reclusos, pero hubo uno que le impresiono sobremanera. Era un hombre oscuro y taciturno, que no gustaba al resto de presos. Nadie le dirigía la mirada, ni siquiera parecían verlo. Un día se sentó junto a House en la comida y le preguntó por sus dones con la guitarra:

- ¿Eres guitarrista verdad?
- Sí, fuera de aquí lo soy. También predicador.
- He oído que eres bueno, pero que podrías serlo más. He oído que hay algunos que son mejores que tú.
- Sí... El problema es el tiempo, ¿sabes?. La vida de noche y los oficios de día no me dejan tiempo para la guitarra.
- Creo que deberías dejar el mundo religioso, no te está haciendo ningún bien.
- No creas que no lo he pensado...
- Decídete. Ahora nadie va a ir a tu iglesia. No puedes ser un predicador convicto. Pero sí un músico de blues convicto. Eso tiene mucho más futuro.
- Ya.

Cuando House salió de la cárcel no podía quitarse las palabras del extraño preso de la cabeza. Así que colgó su alzacuellos y sintió que jamás había tocado tan bien como a partir de entonces.



Otro que pasó por el arco de Patton fue uno de los que iban a las antiguas monsergas de House. Un joven llamado Nehemiah Curtis James, conocido como Skip James. Aunque acudiera a la iglesia como debían hacer los hombres de bien, lo cierto es que James era más bien un canalla, un bandolero que se jactaba de portar cuchillo y pistola allá donde iba. Más que músico era traficante de whisky, cosa que le reportaba importantes beneficios. Sus amistades eran otros bandidos y sus relaciones "amorosas" poco más que una noche con mujeres que él trataba como objetos. 

James podía haber pasado por un matón más del condado de Misisipi, de no haber sido por el hecho que le cambió la vida para siempre. En una de sus actuaciones él estaba preparado para hacer la rutina de siempre: tocar cuatro canciones, empezar a beber como si no existiera un mañana, enzarzarse en alguna pelea y alardear de sus armas. Pero algo le distrajo de este ritual: una mujer que le miraba desde el fondo de la sala. No era una mujer como las habituales que se fijaban en James (o las que él pagaba). Algo la envolvía en un halo místico que le hacía parecer una sirena sombría.

James fue a su mesa, y la invitó a un whisky. Ella se lo bebió de un trago y se presentó: 

-Soy Oscella Robinson.
-Skip James.
-Lo sé.
-Me he dado cuenta de que estabas observándome toda la noche.
-No sé si te habrás fijado en que nadie más en la sala me está mirando a mí.
-Me da igual el resto de la gente, si me conoces lo sabrás. Llevo la pistola solo por si alguien se pone tonto.
-Ja, ja. Ya sé que no te dan miedo los hombres Skip. Pero las mujeres tenemos un poder que jamás entenderéis.
-Todavía no ha habido mujer que me pueda dominar Oscella. Ni creo que nazca nunca. Me debo completamente a mi música y a mí. No entiendo la vida de otra manera.
-Creo que no me estás entendiendo. Pero vamos por buen camino. Yo también creo que tu música es importante. Y tenemos que hacer que lo sea más.
-¿Me vas a patrocinar? Jamás permitiría que lo hiciera una mujer.
-No te voy a patrocinar, me voy a casar contigo. Y vas a ser mucho más grande de lo que eres.
-No pasaremos de esta noche Oscella.

A los pocos meses James y Robinson estaban casados. Ella lo cambió completamente todo para el bluesman. A partir de su enlace James modificó su actitud, su visión de las mujeres, su modo de vida. Como a William Munny en Sin Perdón, el amor de una mujer le hizo intentar expiar sus pecados. Dejó de beber, casi no fumaba y llevaba mucho tiempo sin meterse en líos. Además había mejorado mucho en su técnica de guitarra porque Oscella le obligaba a practicar todos los días. Para ella todavía no había encontrado su sonido, todavía le faltaba algo que le hiciera único, que le hiciera pasar a la posteridad. Y él seguía buscando complacerla.

Pero ya no sabía qué más hacer. La técnica de James era muy buena, muchos músicos de la época ya lo admiraban, sus letras eran tristes, un lamento y una denuncia de la horrible época que estaban viviendo los negros en Estados Unidos (no hay más que ver Hard Times Killing Floor Blues, por poner uno de los ejemplos más escalofriantes), pero nada la convencía, nada la contentaba. Después de un duro día de trabajo, James volvía a casa para seguir practicando con su guitarra y encontrar así "el sonido". Abrió la mosquitera de su chabola y no encontró a su mujer donde normalmente le esperaba cada día. Recorrió la estancia, se dirigió hacia la habitación y abrió la puerta de un golpe. Lo que más había temido estaba sucediendo frente a sus ojos: Oscella se estaba acostando con otro hombre.

Al poco tiempo le abandonó para casarse con él, un veterano de la Primera Guerra Mundial. Sus últimas palabras a James fueron: "Ahora lo vas a encontrar". Y así fue. El dolor y la rabia por el fracaso sentimental inspiraron a James para escribir su canción más conocida: Devil Got my Woman. Un sonido que por veces recuerda a un canto tribal africano, un quejido herrumbroso que sale desde los profundidades más lovecraftianas. Algo tan estremecedor que puede desvanecer un día soleado. 

Además, si ya en la imaginería bluesiana la mujer es presentada como la causante de todas las desgracias del protagonista (y el diablo suele jugar un papel más de cómplice o de compañero), en la obra de James esta visión empeora: la mujer se convierte en el mal personificado. La misoginia de James se intensificará con los años pero ninguna canción alcanzará la oscuridad que se esconde tras el canto lastimero de James en Devil Got my Woman. Si hubiera que escoger una melodía que nos avisara de que el día del juicio se acerca, sería sin duda esta. 



Cuando House y Patton empezaron a tocar juntos y Skip James encontró su sonido, el blues del Delta parecía haber encontrado sus reyes. También tenían súbditos leales como Tommy Johnson o Willie Brown que iniciaron el camino, pero ellos tres habían hecho de esta música algo que se podía "vender", algo que se podía considerar como arte. Como todos los ídolos, los bluesman tenían admiradores, pero uno de ellos destacaba con diferencia. Siempre estaba detrás de ellos, quería ser como ellos, tocar como ellos, beber como ellos. Morir como ellos si fuera necesario. Aunque halagador, el pequeño Robbie les molestaba la mayoría de las veces. Intentaban enseñarle a tocar pero aunque ponía todo su empeño era un completo negado: rompía las cuerdas, no sabía afinar la guitarra, no acertaba las notas y ni siquiera sabía seguir el ritmo de las canciones más simples. Al final, siempre le daban largas para que se fuera.

Así que un día Robbie se fue. Se fue lejos, no quería seguir en un pueblo donde la mayoría de gente se burlaba de él por intentar dedicarse a la pasión de su vida. Se fue con una guitarra destartalada y su traje a caminar sin rumbo a través del Misisipi. Si alguien lo hubiera visto en ese momento se hubiera encontrando con un adolescente que había perdido toda esperanza y cuya única meta era escapar hacia adelante sin saber muy bien cómo ni porqué. Sólo tenía clara una cosa, iba a conseguir ser el mejor guitarrista de todos los tiempos.

Aunque él sabía que tal y como tocaba era imposible que alguien pudiera llegar a pensar eso. Tocaba noche y día, pero sólo conseguía que la guitarra sonara como algo parecido a rocas chocando. Un día, caminando bajo el árido sol se le unió un extraño hombre en su paseo. Vestía una gorra roja, calada hasta los ojos, iba con una camiseta blanca de tirantes raída y unos pantalones de pana sujetos con unos tirantes negros. Robbie siguió caminando mientras el desconocido seguía su paso sin mediar palabra. Al muchacho no le gustaba el silencio, así que lo rompió de la mejor manera que pudo:

-¿Llevas mucho tiempo en el Delta?
-Mucho más tiempo que tú. Llevo tanto que ni me acuerdo de cuando llegué.
-¿Y hacia dónde vas?
-Solo te acompañaba. Sigue caminando.
-...

Así siguieron durante millas, en silencio, sin mirarse, simplemente eran dos personas caminando una junto a otra. Robbie notaba algo en él que le infundía cierto temor, que le hacía estar tenso. Pero solo pensaba en alcanzar su futuro.

El desconocido no paraba de murmurar cosas sin sentido. Llevaba una especie de cantimplora que no soltaba bajo ninguna circunstancia. Caminaron varios días, pero llegaron a un punto en el que los dos se pararon a la vez: un cruce de caminos.

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Esto es algo muy típico en la mitología americana, ya que su simbología permite dirigirse a lo más profundo de la cultura estadounidense: la individualidad, la lucha personal, la elección. Para los americanos, si se abren mil caminos distintos ante ti significa que tienes la gran suerte de poder elegir entre todos ellos. Toda tu vida está condicionada por tus actos y por tus decisiones. Y aunque puedas seguir el bello ejemplo de Robert Frost en The Road not Taken y escoger el "menos transitado", sabes que eso sólo significará que vas a modificar a ciegas tu destino.

Después de quedarse parados, el extraño se volvió hacia Robbie y su rostro cambió de una manera sobrenatural. Se le empezaron a hundir las cuencas de los ojos, se le desfiguró la cara y cuando empezó a hablar su voz surgió de entre las profundidades de la tierra:

-Ya sabes por qué estamos aquí.
-Hola Henry.
-Hola Robert. ¿Sabes lo que esto significa verdad? Sabes el precio.
-Perfectamente.
-Bien. Entonces toma, bebe de aquí.
-Gracias.
-YA NO HAY VUELTA ATRÁS. QUE EL BLUES SEA CONTIGO.

Robbie cogió su guitarra y bebió de la extraña cantimplora. Su alma había cambiado de dueño, pero todos los secretos del blues, todas las técnicas de guitarra imposibles para él se habían transformado en un juego de niños. Nadie le podría superar, y lo más importante es que podría vengarse de aquellos que se burlaron de él. Ya como Robert Johnson, el bluesman volvió a su pueblo natal y buscó a Son House y a Charlie Patton. Los encontró sentados en el porche, tocando. House le llamó, le preguntó dónde había estado todo este tiempo y si ya había dejado de romper cuerdas por ahí. Johnson no dijo ni una palabra, se limitó a coger su guitarra y comenzó a tocar. Aquel despliegue fue demasiado para Patton y House: coros con la guitarra, arpegios imposibles, técnica de slide que jamás habían visto... Sabían todo lo que Johnson había sacrificado para conseguir eso y aún así le envidiaban por ello.

Y es que desde aquel cruce Robert Johnson pasó a convertirse en la mayor leyenda del blues de todos los tiempos. Aunque pronto murió envenenado por un marido celoso de una de las muchas mujeres con las que pasó una noche, antes consiguió grabar 28 temas con el sello Vocalion en dos sesiones separadas por un año, unas cuantas en 1936 y otras en 1937. Poco más se supo de su vida, pero esas canciones eran suficiente para perdurar como uno de los músicos más importantes del siglo.

Nos encontramos ante una selección de increíbles composiciones armónicas, técnicas de guitarra que parecen dos guitarristas simultáneos y una imaginería musical que será el caldo de cultivo para los géneros más importantes de la música popular, desde el pop o rythm and blues hasta el heavy metal, pasando por el rock e incluso el soul. Muchos dirán que la mejor canción de Johnson es Cross Road Blues y ciertamente es la que más músicos han versionado, la que más referencias ha cosechado, la que finalmente ha sido el tema insignia de este músico. Otros dirán que la mejor lírica de Johnson está en Hellhound on my Trail, que habla de los demonios que le persiguen de una manera que asustaría al mismísimo Edgar Allan Poe, o en Me and the Devil Blues también con referencias al diablo, a esa relación cotidiana que los negros sureños solían tener con el señor oscuro. El halo místico que crea Johnson en estas canciones nos hace sentir en la propia piel los escalofríos que provocarían un cara a cara con el diablo.

Pero si hay una canción de Johnson que refleja de verdad la senda que Patton había abierto y que miles siguieron tras él es Come On In my Kitchen. Es tan opresiva, tan triste, tan espectacularmente nebulosa que te envuelve y te deja totalmente exhausto. Es como si todo lo que estuviera más allá de la habitación fuera un aire irrespirable, árido. Te encuentras con un  mundo en llamas y lo único que puede resguardarte de ese infierno es la guitarra de Johnson. Cuentan que tras tocar esta canción en un concierto se hizo el silencio más sepulcral entre el público y la gente comenzó a llorar sin consuelo. Sería la banda sonora perfecta para esta maravillosa escena de Barton Fink de los hermanos Coen, grandes aficionados a toda la mitología del Delta:


Robert Johnson consiguió llegar al punto más álgido del blues acústico, supo canalizar todas las corrientes y mitologías anteriores al del Misisipi en una música que aún en nuestros días es una fuente de inspiración para miles de músicos y escritores. Nunca lo hubiera conseguido de no haber sido por Patton, House, James o el "otro" Johnson. La ambición de Johnson era tal que superó a sus maestros y se entregó a su condena el día en que Patton le reveló el secreto que tantos años había guardado:

Allí seguía Patton, delante de aquella sombra desconocida, tocando la guitarra de una manera que nunca se le hubiera ocurrido. Aunque estaba aterrorizado y la lluvia le estaba empapando hasta el último centímetro de su cuerpo, no podía parar de tocar. Necesitaba tocar. La sombra se iba acercando, dejando ver un poco más su rostro, su figura desgarbada. Cuando estuvo a pocos palmos de él, le arrancó la guitarra de sus dedos cansados y se puso a tocar una melodía que jamás nadie podrá reproducir. Patton se quedó maravillado. Por fin lo lo había encontrado, ahí estaba Henry Sloan frente a él. Sólo se le ocurrió una cosa que decirle:
-Enséname a tocar.
-(Riéndose) Pequeño Charlie, esto no se puede enseñar. Esto sale de la tierra. Este es el canto de la maldad que vosotros habéis conocido durante toda vuestra existencia. Esto recorre los siglos y atrapa la esencia de todos y cada uno de los actos perversos de la historia, los actos que sólo conocen los muertos para derramar unas gotas sobre los vivos. Si te dijera como tocar esto tu alma estaría condenada. Muchos te seguirían y corromperías a toda la humanidad. Tú eliges, pequeño Charlie.
-Al infierno con ellos.

Lista spotify

  

Referencias

http://ghostofhenrysloan.blogspot.com/2009/02/unraveling-mystery-of-henry-sloan.html
http://lamusicaesmiamante.blogspot.com/2013/05/el-fantasma-de-la-estacion-que-inspiro.html
https://web.archive.org/web/20071008082419/
http://www.historicaltextarchive.com/sections.php?op=viewarticle&artid=410#
https://georgelamplugh.com/2013/10/01/blues-stories-10-son-house-preacher-killer-father-of-the-delta-blues/
https://www.jotdown.es/2016/04/busca-skip-james/



Nessun Dorma! - Introducción a la Ópera



Obertura

Eran las 18:00 de la tarde de un día de septiembre cualquiera. Dos españoles se colocan en la puerta de la Ópera Estatal de Viena intentando conseguir entradas de "pista" a última hora para Der Fliegende Hollander de Richard Wagner. Otros turistas, queriendo no perder también su entrada, se posicionaron progresivamente detrás de los españoles, formando una cola considerable, hasta que finalmente se creó una larga espera digna de los mejores días de rebajas en El Corte Inglés. La expectación es máxima, parece que van a abrir las puertas y, no sabiendo muy bien cómo, los españoles han conseguido ser los primeros con un tiempo de espera relativamente corto. Se acerca muy amablemente la señorita encargada de abrir las puertas de uno de los recintos más sagrados dentro del mundo de la ópera y toda esa cola comienza a entrar a por sus entradas. de forma rápida, pero bastante ordenada. Cuál es la sorpresa cuando, después de todo este proceso tanto los españoles como todos los turistas congregados tras de ellos, descubren que la puerta por la que se debe entrar para comprar las entradas estaba justo en el otro extremo y que la cola que ya estaba comprando las entrada era el triple de la formada en nuestra querida primera puerta. 

Esos españoles, evidentemente, éramos mi novia y yo. Creo que podréis observar que ninguno de los dos somos unos grandes expertos en ópera. Nos tocó hacer una nueva cola y conseguimos las entradas de milagro, porque estaban a punto de agotarse. Y qué queréis que os diga, tanta espera, tanta tensión y nervios tampoco merecieron la pena. O eso nos pareció a nosotros en una primera instancia. El montaje de El holandés errante de Wagner era espectacular, los intérpretes eran increíbles, pero la ópera en sí (el noúmeno operístico) nos aburrió en gran medida. Aún así, al día siguiente, ya sabiendo cuál era nuestra puerta y con la representación de La Traviata decidimos darle una segunda oportunidad. Y esa noche ocurrió algo mágico: nos gustó la ópera. No es que nos gustara, es que teníamos la piel erizada, los ojos vidriosos y el corazón palpitante. Ninguno de los dos íbamos muy convencidos, la ópera nunca había estado en nuestro repertorio, pero esa noche nos ganó, nos atrapó en su red. Huelga decir que al día siguiente volvimos y disfrutamos de Rigoletto.

Acto I. La ópera es la vida

Aún así, habiendo disfrutado de la ópera en directo, después de Viena tampoco mostramos mayor interés por volver a escucharla en casa. La verdad es que no me llamaba la atención. Sabía que era algo que me gustaba, pero la ópera todavía me resultaba demasiado lejana. Me parecía un arte que debes entender para poder apreciar y no me veía preparado para ello. Por eso lo postergaba, prefería quedarme en mi zona de confort musical, algo que tuviera guitarra, bajo y batería.

Hasta que un día llegó Ramon Gener con su This is opera. Fue de casualidad, haciendo zapping apareció en La 2, con el programa sobre La Flauta Mágica. Nos quedamos encandilados, atontados viéndolo. Un programa donde explicaban la ópera para gente que no sabía de ópera, que eran legos en la materia de una forma entretenida y emocionante. Lo habíamos encontrado, iba a ser nuestro programa de cabecera para volver a Viena, para volver a La Traviata, para volver a la piel de gallina.

Y así fue, empezamos a verlo y cada programa era mejor: el entusiasmo, la erudición, la forma de enseñar de Ramón Gener era algo asombroso. Si todos los profesores de música fueran como él a todos nos gustaría la ópera. Para él, la ópera es su vida, y quiere transmitir esa vida con todos los que pueda. Ese entusiasmo, esa alegría y esa admiración por la ópera se me contagió y poco a poco, incorporé ciertos temas a mi repertorio más habitual, ese que escuchas en el coche o en el trabajo.

Aún así, me faltaba algo, sentía que no estaba descubriendo como yo lo suelo hacer. Porque tenéis que entender una cosa, a mí me gusta casi lo mismo leer y descubrir nueva música que escucharla. Me puedo tirar horas simplemente buscando nuevos grupos, nuevos estilos e investigando sobre ellos. Con eso soy feliz. Pero, ¿qué hacer con la ópera? Eso lo puedo hacer con grupos y estilos que más o menos controlo, pero no sabía nada de ópera, ni de como encontrar lo mejor de cada escuela.

Por ello, me dejé llevar por alguien que sí sabía de estos dramas musicales. Me apoyé, una vez más, en Ramón Gener. This is opera tiene 30 episodios y cada uno está dedicado a una ópera (aparte de algunos especiales de un estilo determinado), así que me decidí: escucharía esas treinta óperas enteras. Me serviría de introducción, de paso inicial en este mundo. Por fin, tenía el playlist, pero descubrí que necesitaba muchas horas para poder escucharlas todas, así que pensé que lo mejor era plantearme un reto personal que completara plenamente esta experiencia: estaría treinta días escuchando ópera.

Y con treinta días escuchando ópera no me refiero a escucharla de vez en cuando, las normas son muy claras: siempre que dependiera de mi voluntad (evidentemente no le podía pedir a un restaurante que cambiara la música) sólo escucharía ópera.

Acto II. Treinta óperas

En un primer momento creí que se me haría durísimo: no poder cambiar de estilo durante treinta días, a mí que me gusta pasar de Johnny Cash a Tool en media hora. Pronto descubrí lo equivocado que estaba. La ópera es algo amplísimo y pasar por sus diferentes compositores es como cambiar de género musical radicalmente. No tiene nada que ver escuchar a Verdi que a Wagner, a Handel que a Rossini, a Monteverdi que a Dvorak. Todos componen ópera, pero lo hacen de forma muy distinta, con sus visiones del mundo, con sus historias, con sus pasiones.

Lo primero era empezar. Y no creáis que era fácil. Sí, tenía la lista de óperas que debía escuchar, pero ¿qué versiones? ¿Qué director era el mejor? ¿Cómo elegir entre Pavarotti o Kraus? ¿Entre Callas o Sutherland? Y, por encima de todo, ¿qué ópera era la adecuada para empezar? ¿Si empezaba con Strauss me sería más fácil que con Wagner? ¿Verdi o Bizet?

Eran demasiadas preguntas y al final decidí lanzarme a la piscina sin bañador. La ópera que me había entusiasmado, que había hecho que cambiara por completo mi concepción sobre este arte tan exigente había sido, ya lo sabéis, La Traviata. Y por esta empecé. Me compré una antigua grabación de EMI interpretada por Maria Callas. El sonido era pésimo (fue grabada en los años cincuenta) y no me convencía mucho, pero había algo que ya empezaba a atraparme. Decidí buscar versiones con un sonido algo mejor, para que no tuviera interrupciones al pensar en lo mal que se escuchaba cierto pasaje de la obra.

Por ello creé una lista en Deezer que os dejaré más abajo para que podáis consultarla y escucharla todo lo que queráis. Mis recomendaciones a la hora de adentrarse en este mundo desconocido son simples:

-1. Escoged una discográfica especialidada en este género. Por ejemplo, DECCA tiene una amplísima cartera de intérpretes de gran calidad para grabar sus óperas. Lo mismo ocurre con la fialial de EMI, EMI Classics. Esto tiene una explicación muy sencilla: necesitan de artistas conocidos para grabar sus discos ya que a la hora de comercializarlos serán más rentables que si los graba un artista anónimo. Normalmente sus grabaciones son de una altísima calidad.

-2. Id a lo fácil. No empecéis por las quince horas de El Anillo del Nibelungo. Quizá os entusiasme a la primera, pero lo veo más difícil. Empezad con óperas que ya habéis escuchado, aunque sea sin querer: Carmen de Bizet, La Flauta Mágica de Mozart, La Traviata o Rigoletto de Verdi o cualquiera de Puccini. Porque Puccini es un caso aparte, pero ya lo veremos más adelante. La ópera necesita de sus tiempos y es mejor que no intentéis correr a la hora de adentraros en este mundo porque igual acabáis perdidos en un desierto sin agua.

-3. Los directores son importantes. Mucho. Buscad siempre a directores que ya tengan cierto renombre dentro del mundo de la ópera. Por ejemplo, a mí me gusta mucho la séptima sinfonía de Beethoven dirigida por Karl Böhm. Bien, pues resulta que no he encontrado muchas óperas dirigidas por Bohm, bien porque estuviera especializado en sólo música instrumental, bien porque no le apeteciera al hombre. Por eso en mi salto al vacío he ido a lo sencillo: directores famosos. Muti, Harnoncourt, Barenboim...pero, por encima de todo, mi director de cabecera ha sido Herbert von Karajan. Siempre me ha gustado y ahora todavía más.

-4. Los intérpretes también. Pero depende mucho más de tus inclinaciones musicales. Para mí, por ejemplo, Puccini o Verdi siempre serán de Pavarotti. Es cierto que Pavarotti no interpreta a sus personajes, no actúa, no siente con la misma intensidad que otros cantantes, pero su voz es increíblemente magnética. Tiene un timbre que te traspasa, que consigue atravesar todas las capas de tu cuerpo y clavarse justo donde se crean las emociones. Cuando lo escucho en papeles como el de Mario Cavaradossi de Tosca sólo puedo imaginarme una flecha sonora que apunta directamente a lo más profundo del oyente. Otros papeles son de otros intérpretes y cualquier ópera con Alfredo Kraus, Plácido Domingo o Jonas Kaufman seguro que os encandila.

En cuanto a las intérpretes femeninas me pasa una cosa curiosa: no me acaba de gustar Maria Callas. Sé que es la Divina, la que revitalizó el bel canto y la diva per se, pero no me emociona tanto su voz. Prefiero a la Stupenda, Dame Joan Sutherland, Leontyne Price o Mirella Freni. En cualquier caso, todo depende mucho del papel interpretado y sobre todo, del gusto de cada uno.

-5. Ved óperas. Hay que escucharlas y es lo más cómodo, pero tenéis que verlas, porque cuando ves el escenario, cuando sientes la actuación de los cantantes y cuando penetras de lleno en la trama es cuando de verdad entiendes la ópera. Y es una sensación maravillosa.

Acto III. Un arte para todos.

Estos 30 días me han ayudado a ver la ópera de otra manera, así como la música popular. Creo que la ópera tiene tres grandes problemas o dificultades que le impiden llegar a un público más amplio. El primero de ellos es que da la impresión de ser muy restrictiva en cuanto a nivel cultural: parece que sólo si eres un entendido en la materia puedas escuchar y disfrutar de la ópera. Esto es totalmente falso. Mi opinión es que a cualquiera le puede gustar la ópera, sólo que todavía no lo sabe. Ningún arte debería estar reservado sólo para la gente que se ha especializado en él. Todo el mundo puede escuchar una ópera y decir si le gusta o no. Sí que es cierto que algunos compositores necesitan de más de una toma de contacto para poder cogerles el punto (no es lo mismo escuchar Einstein on the Beach de Phillip Glass que Madama Butterfly de Puccini), pero eso no es menos cierto en estilos de la música popular, donde por ejemplo es fácil engancharse a The Beatles, pero no tanto a The Velvet Underground. Cada uno tiene su estilo y es tu tarea decidir si encaja con el tuyo o no. 

La gran prueba de que a todos nos gusta la ópera está en los Talent Shows. Toda esa gente que se emociona cuando algún participante canta alguna pieza operística (generalmente Nessun Dorma!) es la misma que luego dice que la ópera es muy aburrida y que no la entienden. Pero el hecho es que se levantan, aplauden y los convierten en grandes celebridades. No hay más que pensar en concursantes como Paul Potts, la encantadora Laura Bretan,  o, por supuesto, Susan Boyle (y esta ni siquiera llegó a cantar ópera). Y además, esta gente, aunque con un gran don, son amateurs, no controlan su voz y no ejecutan correctamente la obra. Si ellos consiguen despertar esas pasiones, imaginad lo que pueden llegar a hacer los grandes profesionales del género.

La segunda y creo que para mí es la más importante, es que la música comercial, la música que puede llegar a un gran público, está basada en la voz. Y aquí podríamos pensar que la ópera tiene las de ganar, ya que la exigencia vocal que se requiere de un intérprete de ópera supera con creces a cualquier estrella millonaria del pop que os podáis imaginar. Notas imposibles, entrenamiento constante y elección de papeles adecuados para no forzar el aparato más allá de lo inhumano se cuentan entre sus grandes esfuerzos. Pero que la música contemporánea se base principalmente en el sustento de la voz no quiere decir que deba ser una voz perfecta. De hecho, es mucho más importante que una canción se pueda cantar y recordar que que sea brillante melódicamente. Me explico: ciertas óperas tienen partes que podríamos llamar "comerciales", como la ya citada Nessun Dorma de Puccini, o La donna e' mobile de Verdi. Podemos recordarlas, casi al mismo nivel que, por ejemplo, Hey Jude. Todos conocemos las tres piezas, pero existe un problema con las dos primeras: aunque nos sepamos la letra, se nos haría imposible imitarlas, aunque fuera mal. En cambio, todos podemos cantar, con mayor o menor acierto, Hey Jude. Lo que nos gusta hacer en un concierto es cantar las canciones de nuestros grupos favoritos. Esto en la ópera es bastante complicado. En primer lugar, porque, me pongo de ejemplo, si intentas cantar una pieza operística puede que te duela la cabeza durante una semana; y en segundo, porque cuando vas a una representación hay que guardar silencio cuando la obra está en marcha. Para entrar de lleno en la ópera se necesita de un cambio de visión respecto a la música, se necesita una vuelta a los orígenes, a una contemplación de la música más que una imitación. Algo mucho más arduo para nuestra actual concepción musical.

La tercera es el precio. Sí, ir a una ópera en directo es caro, pero no más que un concierto de una superestrella. Pensad en cuánto cuestan las entradas para ir a ver a Justin Bieber y haced balance. De todas formas, hay maneras de ver ópera mucho más baratas, hay representaciones en cines, escenarios más pequeños pero también buenos o, por supuesto, internet. Páginas como Youtube están plagadas de videos para poder observar a los más grandes artistas desde tu sofá. Incluso hay películas de ciertas óperas. Ahora la ópera está al alcance de todos.

Acto IV. 30 días de arias

Gracias a estos días la ópera ha pasado a ser parte de mi colección musical. He encontrado dentro de ella piezas que se han convertido automáticamente en imprescindibles. Este reto me ha aportado una visión muy diferente de la ópera y, al mismo tiempo, de la música comercial. Dentro de la primera he encontrado que trata de temas muy humanos, muy universales, haciendo que los compositores conectaran con su público del momento y también con el de ahora. Que la fuerza emocional de la que está cargada la ópera no se puede encontrar en ningún otro arte y una vez te fulmina, será difícil que encuentres sustituto. He observado que hasta estaba más relajado estos días, que me llenaba de cierta paz que sólo vive en la música.

He descubierto que Rusalka crea un portal mágico para conducirte hasta el mundo de las ninfas y los duendes o que la Reina de la Noche de La Flauta Mágica podría sustituir al más malvado de los personajes hollywoodienses. Que en Fidelio de Beethoven se transluce la bisagra entre dos mundos operísticos, el que se iba y el que llegaba. Que si quieres escuchar las melodías más preciosas de la creación tienes que escuchar óperas belcantistas. Que te partes con Rossini, tanto con sus óperas  bufas como con su vida. Que Wagner es mucho más que ese hombre alemán que creó un teatro para representar sus obras, su genio se trasluce en cada nota, pero es un genio escurridizo para los recién llegados como yo.
Que Carmen es lo más español que ha hecho nunca un francés y que el resultado es espectacular. Que la única ópera de Debussy no se entiende, pero importa muy poco para disfrutarla. Que Verdi le puede gustar a casi todo el mundo, porque buscaba precisamente una conexión con el pueblo. Y que Puccini le gusta a todo el mundo aunque todavía no lo sepan.

Porque si alguien me ha hecho enamorarme y disfrutar la ópera ese ha sido Giacomo Puccini. Ha hecho que estos treinta días se quedaran cortos y deseara otros treinta más. Si queréis una sincera recomendación es que empecéis a escuchar ópera con Puccini. Estoy seguro de que acabará con vuestras defensas en dos segundos. Puccini crea bandas sonoras antes de que existan y nadie lo ha hecho como él. Sabe que sonido exacto encaja en cada momento, en cada situación, en cada emoción. Para mí, estas tres piezas de La Bohème creo que son lo más hermoso que existe en la historia de la música:

Che Gelida Manina 

Si. Mi chiamano Mimi.
  

O soave fanciulla

Y también miro con otros ojos la música que yo escucho habitualmente. No porque piense que la ópera sea mejor o peor, porque creo que eso es imposible de evaluar. Simplemente te hace valorar de otra manera a los artistas que quizás antes idolatrabas. El hecho de que a muchos intérpretes de ópera les hayan abucheado y hayan tenido que salir del escenario abochornados en alguno de los teatros más importantes del mundo, por SOLAMENTE no haber llegado a una nota especialmente difícil te hace replantearte cómo valorar a tus artistas favoritos. Te hace ser más crítico, más exigente. Y no sólo en el aspecto musical, también en la intensidad emocional, en las letras, en la historia total, en la valoración de la creación.

Puedo decir que estos 30 días me han aportado mucho más que el haber completado un reto musical y personal. Me han aportado un mundo nuevo en el que poder explorar, divertirme y emocionarme, un mundo en el que pienso quedarme por mucho tiempo. Porque la ópera quizá no es mi vida, pero se ha transformado ya en una parte de ella.


28.000 puñaladas - Marea



Existen mil maneras diferentes de contar una historia. Puede que tu estilo sea intentar encontrar la belleza más pura escondida entre las grietas de la experiencia humana; puede que sea tan directa como un tiro y busques herir al receptor, puede que creas que lo mejor es recrear metáforas abstractas para así dar sentido al sinsentido de la vida. O puede, simplemente, que seas como Kutxi Romero.

Y es que si algo caracteriza a Marea por encima de todo son sus letras. Sí, son buenos músicos (no excepcionales, pero cumplen), hacen buenas melodías y utilizan bien las herramientas de lo que se ha venido a llamar rock urbano desde que aquellos lejanos Leño inventaran un género tan español. Pero sin las letras estarían a la misma altura de otro buen grupo de este género, como pudo haber sido La Fuga. La lírica de las canciones y la rocosa voz de Kutxi son las que impulsan a Marea a dar un salto cualitativo y poder jugar entre los más grandes.

Corría el año 2004 y yo era un pequeño adolescente que poco sabía de música o de lo que debía buscar entre el amasijo de géneros. Para que comprendáis mis comienzos en esta pasión que nunca me ha abandonado desde entonces, os puedo decir que algunos de mis primeros discos fueron el IV de Led Zeppelin y el disco de los 40 Principales. No tenía un gran criterio por aquel entonces y sólo quería descubrir. También debéis entender que en ese momento yo ni siquiera tenía Internet, por lo que mi acceso a música era bastante limitado y los discos que tenía acababan por pedir la jubilación anticipada debido a mi excesiva demanda. Era la época en la que examinaba hasta el último rincón de mis nuevas adquisiciones, el momento en el que me puse a traducir (¡con mi inglés shakesperiano de los catorce años!) Stairway to Heaven para intentar descifrar su significado, hasta aquel que decían que tenía al poner la canción al revés. Era la época de la inocencia, de la exploración. La época que determina los discos de tu vida para siempre.

Empecé a escuchar y a ver que un grupo sin publicidad ni promoción radiofónica alguna se había colocado en el puesto número 3 de ventas de España al sacar su último disco. Me pareció tan impresionante que empecé a investigar lo que pude sobre ese grupo. Sólo pude sacar dos cosas: el grupo se llamaba Marea y el disco 28.000 puñaladas. Poco después pude escuchar una de sus canciones en un canal dedicado exclusivamente a videoclips (el desaparecido Xtv. Y no, no es lo que parece). Como ya os he dicho, las cosas no eran tan fáciles como ahora y para hacerme con canciones que me gustaban me tiraba horas delante de la televisión viendo ese canal y con el mando del vídeo preparado para grabar en cuanto sonara LA canción. En uno de esos momentos sonó La Rueca.

Tras esto me decidí a comprar el disco. Allí estaba, con la portada de Ramone en el stand de los más vendidos. Mi edición, en digibook, portaba el disco, un DVD con material inédito y extras, así como el libreto con las letras y dedicatorias de lo más extrañas. Llegué a casa y me puse la canción que ya me gustaba, la única que había escuchado y le di a repeat. Tras un rato, permití al resto de canciones sonar a través de mis auriculares. Y el resultado no fue nada satisfactorio. Un estilo sucio y pegajoso se abría paso por mis conductos auditivos. Sentí que había hecho una mala compra.

Lo abandoné durante un tiempo debido a la primera impresión, pero creí necesario ofrecer una segunda oportunidad a un disco por el que había pagado (cuántos discos se perderán en el olvido ahora gracias a Spotify). Así que lo volví a poner y encontré ciertos matices que me gustaban más: ese toque rugoso de Como los trileros, la candidez de El hijo de la Inés o la cruda melancolía de Que se joda el viento. Aún así no me convencía, pero empecé a pensar que la compra no había estado tan mal.

Muchas escuchas han pasado desde entonces y no puedo dejar de admirar este disco y maravillarme con él. Y es que para mí, lejos de lo que pudiera parecer, este es un disco conceptual en toda regla. Y el Leitmotiv del mismo es un tema al que uno de los poetas favoritos de Kutxi volvía indefectiblemente una y otra vez: los gitanos y el flamenco. También el amor, pero los gitanos es el tema clave (no los gitanos reales, sino esos que Lorca mitificó como un universo en sí mismo, como el símbolo de la alegría y las ganas de vivir). Esos personajes que bien podrían ser los que dieran forma al título de la obra, para los que los 28.000 días de media que dura una vida humana son en realidad 28.000 puñaladas. No por casualidad la canción Ciudad de los gitanos está extraída del Romancero Gitano de Federico García Lorca. Pero esto es sólo uno de los elementos que conforman este gran disco. Vamos a ir desgranándolo poco a poco.

Arrancamos con la estocada de La Rueca, una de las canciones más potentes del disco. Un retrato de los más bajos fondos de la sociedad, donde este instrumento hilandero que deja en estado inconsciente a La Bella Durmiente puede simbolizar perfectamente la jeringuilla con la que muchos han perdido sus sueños. Se fueron a dormir y nunca volvieron. Una revisión de los cuentos infantiles que, cuando se transforman en adultos, no terminan con final feliz. Nos encontramos con el nuevo sonido de Marea en esta canción. En sus discos anteriores nos habíamos encontrado con guitarras más compactas y, permitidme el exceso, más alegres. No hay más que recordar cortes como La Luna me sabe a poco del también magnífico Besos de Perro u otras como Duerme Conmigo del más inestable Revolcón, para ver que Marea hasta 2004 tenían más que ver con Los Suaves que con Leño.  Y es que en 28.000 puñaladas es Kolibrí, guitarrista de la banda, quien coge el timón de la producción. Son ellos mismos los que empiezan y acaban el círculo de su música, aquí están cómodos y pueden experimentar con lo que les plazca. De ahí estas guitarras más afiladas, con menos cuerpo, pero más sucias. Un ritmo no más lento pero sí más pausado. Una base rítmica que no pretende llenar todos los huecos que antes parecía haber, sino que los expande creando nuevas dimensiones y horizontes que explorar. Eso sí, La Rueca es sólo la bisagra entre dos mundos, es la que dentro de 28.000 puñaladas más tiene de Revolcón o Besos de Perro. Pero lo mejor aún está por llegar.

A caballo se abre como no podía ser de otra forma, con el ritmo de un caballo al paso. El comienzo de esta canción me hace imaginarme un enorme prado verde en el que dos jinetes se aventuran mientras la juventud nutre sus cuerpos y la energía les empapa. Y después de que las guitarras silben y se vayan afilando poco a poco hasta romper en un clímax que nos devuelve al locus amoenus principal, entra la voz de Kutxi para narrarnos una de las más bellas letras de disco. Y es que no es sólo una gran declaración de amor en forma de carta de bandolero que perdería todo por robar el corazón de ella, es también una gran metáfora de que el amor es eterno. Porque, ¿cuáles son los seres vivos más longevos que conocemos? Exacto, los árboles. Y en esta canción encontramos cinco tipos de árbol:

-Los olivos me cuentan que me canso de soñar contigo.
-En los nogales acuesto al beso que te empaña los cristales.
-Y tallo corazones a navaja en el torso desnudo de un naranjo.
-Y de un almendro te haré una flauta para que la sople el viento.
-Y de una encina te haré carbón si se te cae la noche encima.

El hecho de que el autor quiera que todo lo relacionado con su amor esté o tenga contacto con los árboles significa que desea que su amor nunca acabe, que viva para siempre. Y en el clímax final nos encontramos con el primer punto que va a seguir uniendo este disco conceptual. Aparece el enemigo, los "malos" de esta historia: los guardia civiles y la nacional (aquí, también, como esa imagen recreada por Lorca de la policía como fuente de todo horror, como la muerte toda humanidad). Son aquellos que quieren separar este amor que finalmente, tendrá que vivir sólo en los árboles.

Perfectamente la Virgen del Fracaso podría ser la protagonista del disco, la amada. También puede que sea la inspiración del cantante, esa que es tan inestable como la Luna y que aparece cuando quiere. Yo me inclino más por esta segunda alternativa, ya que esta es una "puta" cuando se escapa y una "bendita" cuando vuelve a aparecer. Es un amasijo de sonidos metálicos circulares, un compendio que busca machacar tanto como el martirio de buscar a esta virgen durante meses, sin respuesta.

Y ahora sí, ya entramos de lleno en la historia, en el universo que este disco crea en nuestras mentes. Con la camisa rota no es sino un homenaje al cantaor flamenco más grande de todos los tiempos: Camarón de la Isla. Concretamente aquí a su Yo soy gitano. Partiéndonos la camisa buscamos crear una bandera que sea el símbolo de nuestra libertad, de nuestra particular y propia república, en la que se podría tener a esa persona para siempre, sin que nadie pudiera molestarnos. Es un rock and roll muy clásico, en la línea ya marcada por Rosendo, aunque con matices más melancólicos y cierta tristeza implícita en la música.

Latido Jondo no puede tener un título más esclarecedor. Un rock puro, de los de Bruce Springsteen, nos trae un claro y afectuoso saludo al flamenco como género musical. Desde "si me miras van cantando camarones por seguirillas" a "latido jondo es lo que quiero tener", pasando por "potro de rabia y miel de la piel hacia dentro". Queda claro que Camarón es un claro referente para Kutxi, porque vemos que aquí estaría cantando seguirillas, uno de los estilos de canto flamenco más antiguos que se conocen, así como cantando jondo con Potro de Rabia y Miel, el último disco que pudo firmar en vida Camarón de la Isla. Kutxi busca algo tan profundo que al final los latidos sean sólo uno.

Un arpegio bellísimo da paso a El Hijo de la Inés. Toda una oda a la inocencia, a aquellos momentos en los que éramos más felices por puro desconocimiento. Y encontramos aquí uno de los enlaces más importantes de todo el disco: el tronco. "Quieren derribar el tronco de ruiseñores roncos, donde vivimos tú y yo". Algo amenaza ese tronco en el que su amor era eterno, algo amenaza el sitio donde los dos vivirían aunque murieran. Y es que ese hijo de la Inés no es sino el alter-ego del cantante, ese niño interior que todos llevamos dentro y que le dice que aunque "entre amores nunca se ha caído de pie" hay que seguir intentándolo, porque la experiencia siempre vale la pena.

Muy atentos a la "segunda" parte de la canción, esa que da comienzo cuando la música se apaga y un hermoso riff de guitarra deja que Kutxi recite eso de "ten cuidao con la luna -dicen las estrellas". Uno de los momentos culminantes del disco que hace que nos ericemos gracias a un crescendo grandioso.

Dos Alpargatas nos presenta al autor como a un burro, es decir, como a alguien que ha pensando en algo y no ha parado hasta conseguirlo, sin pensar en que quizá estaba perdiendo más que ganando "y entre mis borrones he sido un borrico que quiso besar el aire y la acera, y no puede ser". Musicalmente es de las más planas del disco, ya que no aporta nada que no haya aparecido ya en las canciones anteriores.

Como los trileros es la pieza maestra del rompecabezas que forma este disco. El autor siente que no puede confiar en nada, que no puede avanzar y que nada puede hacer para remediarlo. Y aquí nos encontramos con uno de los alegatos de los protagonistas del disco más representativos, en el que escuchamos a tres personas distintas que ponen voz a diferentes estadios de la conciencia. La primera, a cargo de Domingo Calzado, utiliza el idioma gitano caló para expresarse:

 Y esconde la sorna, el manró y los jurdeles, (y esconde el oro, el pan y el dinero)
si vienen los payos, los picos, las leyes, (si vienen los payos, los policías)
cucharas que nos guardan en la estaribel,  (escapar, que nos meten en la cárcel) 
respeta a tus batos y nunca les bailes (respeta a tus padres y nunca les bailes)
el agua a otras manos, ni bebas los mares por nadie 
que la sangre te quiera beber, 
por nosotros no muere undebel. (por nosotros no muere un dios)


La segunda voz, (el hermano de Kutxi, Martín) todavía más rota y retorcida que la de Kutxi, se marca el discurso más memorable del disco. Un auténtico subidón de adrenalina que nos muestra el destino de los más desfavorecidos (aquellos que son el blanco de los guardia civiles), los cuales ni siquiera pueden disfrutar de sus pequeñas alegrías

Por último escuchamos a uno de los poetas malditos más conocidos de nuestro país, gracias principalmente a artistas como Extremoduro o Platero y tú: Manolo Chinato. Un canto a la naturaleza, a una vuelta a aquello que todos somos y compartimos, a vivir como los árboles, de la lluvia, del viento y de la tierra.

Después de esta tremenda sacudida llega la calma del disco. Y no podía hacerlo de una manera mejor. Esta adaptación de retazos del Romancero Gitano de Lorca hace que se me erice la piel siempre que suena. El fatídico encuentro entre los guardia civiles y los gitanos se hace presente y la tristeza se convierte en algo mágico. El retrato que Lorca hace de los primeros no es algo para nada amable:

Tienen, por eso no lloran,
de plomo las calaveras,
con el alma de charol
vienen por la carretera.

Los guardia civiles no tienen sentimientos, buenos al menos, ya que su cabeza está hecha de plomo y carecen de alma. Y el avance no se detiene por nada. Arrasan con todo a su paso, sus víctimas jamás hallarán la paz. Ni siquiera la alegría puede estar tranquila, porque hasta el alcohol, símbolo lorquiano de festejo, se debe disfrazar:

La ciudad libre de miedo,
multiplicaba sus puertas, 
cuarenta guardia civiles
entran a saco por ellas.
Los relojes se pararon,
y el coñac de las botellas
se disfrazó de noviembre
para no infundir sospechas.

Sobre noviembre hay muchas teorías, pero a mí la que más me convence es aquella que dice que Noviembre era un jarabe para la tos de la época y se metía el coñac en esas botellas para guardarlo sin peligro. La masacre no cesa y el horror cada vez es mayor:

Rosa la de los Camborios
gime sentada en su puerta
con sus dos pechos cortados
puestos en una bandeja.
Pero la guardia civil
avanza sembrando hogueras,
donde joven y desnuda
la imaginación se quema.

Las imágenes tristes y dantescas que nos ofrece el poema son perfectamente complementadas con una música que recrea fielmente el paisaje lorquiano. El sólo de guitarra contenido en este tema, sin ser especialmente elaborado, es uno de los más bonitos e impactantes que he escuchado jamás. Una verdadera maravilla.

El final se está acercando y viene una canción que no me cuadra dentro de este disco. Desentona totalmente con el hilo conductor que ha ido marcando y su calidad deja mucho que desear para tratarse de Marea. La inclusión de Rosendo en Al culo de una lombriz entiendo que habrá sido algo con lo que los integrantes de la banda habrían soñado desde su creación, pero en mi opinión no han conseguido nada reseñable con ello.

Cerrando este álbum tenemos Que se joda el viento, la mayor declaración de amor de todo el disco. Un medio tiempo que suena como las olas que rompen, que suena a querer volver a esa playa que tenía cantos de sirena irresistibles. El broche de oro perfecto para cuadrar el círculo de esta historia. Una frase como "Y báñate en mis ojos, que se joda el mar" está al alcance de muy pocos. Son esas frases que te hipnotizan y te noquean, esas sentencias que se marcan como si fueran acero al rojo vivo.

Y es que este grupo consigue hacer que nos sintamos en medio del océano sin ningún tipo de salvación, y que aún así queramos perdernos todavía más en la marea embravecida que convierte cada nota en una puñalada y nos atraviesa para siempre.

Las mejores canciones para la playa

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El verano ha llegado. Lo podemos notar al sentirnos famosos cada vez que salimos a la calle y descubrimos una estampida de japoneses cámara en mano apuntando hacia todos lados; en la abundancia de cinturones anchos y cruasanes con piernas;  en que las suscripciones a gimnasios han aumentado un 500%; y, por supuesto, en las ansiadas vacaciones. Aunque yo no sea uno de los afortunados que está disfrutando de ellas en este mismo momento, sé que son las grandes protagonistas de esta estación. Pero, ¿qué es el verano sin playa? 

La playa. Sí, la playa es la representación terrenal, física, palpable y arenosa de las vacaciones de verano. Tostar el cuerpo, jugar a las palas, luchar contra medusas o empequeñecerse con la inmensidad del mar son algunos de los ingredientes que hacen de la playa la receta ideal para disfrutar de las vacaciones. Y para cada uno de esos momentos he seleccionado una canción. Porque hacer una buena banda sonora es fundamental para poder exprimir al máximo tu parcela playera.



1. Tierra - Xoel López

La primera frase de esta canción lo dice todo: "Yo soñaba cada día poder alcanzar la playa". Exacto. A todos vosotros os ha pasado esto: es la canción que se engarza con esos momentos de ansiedad en los que las vacaciones parecen estar a años luz. En este precioso medio tiempo que nos regala el gallego se nos muestra su lado más sensible,  más introspectivo y nos cuenta cómo funcionan sus recuerdos, sus creaciones, sus experiencias vitales.

Alcanzar la playa en esta canción significa alcanzar la vida, la que se nos escapa en cada respiración, en cada minuto que gastamos sin querer. Y nada mejor para conseguir ese objetivo que un baño refrescante en verano. No sufráis, que ya llegamos.

2. Summer - Sum 41

Esta canción sólo encaja en un viaje hacia la playa en coche, con las ventanillas bajadas y sin casi ver por la acción de esos vientos huracanados. Al más puro estilo californiano (aunque son canadienses) Sum 41 nos regala una pista que nos transporta directamente a una escena de American Pie donde todo son fiestas, alcohol y arena.

No hay preocupaciones aquí, sólo ganas de disfrutar al máximo de cada segundo del viaje. Porque el viaje es mucho más que un medio, en en sí mismo un fin.

3. Wouldn't It Be Nice - The Beach Boys

Cuando por fin llegamos hasta nuestro querido destino podemos divisar tres situaciones que nos llevarán a estados de ánimo distintos: para el primero de ellos esta canción de los chicos de la playa por excelencia es la ideal. Y este momento no es otro que cuando ves la bandera verde izada en lo alto del puesto de socorrismo. Te imaginas entonces la playa como una piscina de temperatura ideal y oleaje suave en la que puedes nadar sin peligro, hacer tirabuzones cual delfín y zambullirte con los ojos abiertos hasta que te sangren las pupilas.

Esta obra maestra del grandísimo disco de los chicos playeros Pet Sounds es la melodía que mejor puede ejemplificar la felicidad, la felicidad producida por un relajante día en la playa. Un día en el que todo sale bien, por supuesto. Ese día en el que los camareros te sonríen, el agua está "buenísima" (como solemos decir) y el mundo en general, es feliz. Esto a mí sólo me pasa con una persona, pero igual a vosotros os puede encajar de muy diferentes formas.

4. Frozen - Madonna

Amarillo. Ese color que no te dice nada. No es malo, pero tampoco es bueno. Como comerte un yogur natural sin azúcar: lo puedes engullir, pero no esperes ningún placer en ello. Eso es lo que representa realmente la bandera amarilla: la indeterminación más absoluta. Porque vamos a ver, ¿qué quiere decir una bandera amarilla? ¿Que el agua está bien pero puede que venga una ola gigante de cinco metros y te arrastre a las profundidades? ¿O bien que el agua es un volcán en erupción que no ataca a las personas?

Nunca he entendido esta bandera. Vendrá el listo que diga "que el agua está revuelta". Claro, y los huevos también y no por eso dejamos de comerlos. El caso, que me lío, es que esta situación te deja completamente helado, frío, sin esperanzas ni diversión. Y eso es lo que obtenemos en la canción de Madonna, una de sus composiciones más oscuras (y para mí, más maduras) en la que juega con ambientes góticos, creando una atmósfera vampiresca y revuelta, como el mar esos días.

5. Blood and Thunder - Mastodon

Si existiera el premio para el grupo de música con el nombre mejor escogido, sin duda Mastodon habría ganado todas las ediciones. Porque aunque los mastodontes no fueran más grandes que un elefante actual, su nombre evoca a seres vivos gigantescos, capaces de arrasar con una ciudad en cuestión de segundos, de aplastar a sus enemigos con sus poderosas patas, de ser una fuerza de la naturaleza incontrolable. Como la música de estos chicos.

No podía elegir sino este corte de su pieza maestra Leviathan para representar ese momento cuando ves la bandera roja al llegar a la playa. Porque este disco conceptual nos narra la historia que Herman Melville logró plasmar en su más famoso libro: Moby Dick. La bandera roja es esa ballena blanca que no nos deja avanzar, que nos roba nuestros sueños y nos deja indefensos contra la naturaleza. El increíble riff de guitarra que abre esta canción sin duda representan las aguas turbulentas que nos esperan en ese día nefasto; las medusas que van a picarnos por todo el cuerpo haciendo que un "ajetreado" socorrista tenga que aplicarnos loción antipicaduras; es la rabia contenida de toda la gente que se ha levantado a las siete de la mañana para coger buen sitio en la orilla de la playa y una ola enfurecida les ha mojado los bocadillos de tortilla que llevaban preparados de casa.

6. Also Sprach Zarathustra, Op.30 Prelude - Richard Strauss

Ya hemos llegado a la playa y hemos visto la bandera que determinará nuestro futuro más próximo. Y llega el momento que todos los padres esperan: el momento en el que pueden demostrar que la saben clavar. Esto es más que conseguir una sombra, es una conquista, un paso pequeño para la familia, pero muy grande para la hombría. Es la hora de hundir la sombrilla en la arena y mostrarla al mundo cual bandera izada.

Pero este proceso no es tan simple. Strauss nos acompañará a través de este viaje con la canción que ya utilizó Stanley Kubrick (y tantos otros) en su famosísima 2001: Una odisea en el espacio. Una  pieza que resume perfectamente la magnitud de esta lucha contra los elementos. Como decía, el proceso requiere de varias etapas:

1. Visualización y elección del objetivo.
2. Acercamiento y reconocimiento de la zona.
3. Preparación del terreno.
4. Discusión entre generales sobre la mejor estrategia de abordar el enfrentamiento.
5. Discusión finalizada con un: "Tú déjame a mí, que ya verás".
6. Fase intermedia.
7. Primer intento (fallido) de excavación. El terreno es demasiado blando.
8. Segundo intento. Éxito.
9. Montaje del aparato.
10. Regocijo del general segundo.
11. Hora de relajación.
12. Vuelo e incrustación en el ojo de un civil.
13. Fin de la operación por orden de la general.

Parece que Strauss estuviera pensando en todo este proceso para realizar una de sus obras más conocidas, porque encaja a la perfección con todas las secuencias. Y es que las sombrillas requieren de un auténtico Zarathustra para su perfecta colocación.

7. Asteroid - Kyuss

Y si a Mastodon tendrían que darle el premio por elegir el mejor nombre de grupo, a Kyuss se lo tendrían que dar por elegir el mejor nombre de canción. No he escuchado nada nunca que representara también lo que se está intentando decir con la música. Y es que este vuelo de alondra que los reyes del stoner se marcaron con Asteroid es algo sublime. Puedo imaginar en cada uno de sus compases a ese asteroide vagando por el espacio, chocándose con planetas, destrozando satélites y llegando a la tierra para abrasarnos a todos en una inmensa bola de fuego.

Lo mismo que sentimos cuando estamos tumbados en la playa y un sol que al principio parecía agradable empieza a hincarnos los dientes y va traspasando nuestra piel poco a poco hasta que podemos notar como nuestro hígado se está asando a fuego lento. Los golpes que la canción reproduce encajan a la perfección con las ráfagas que el sol nos dispara, así como los momentos de calma que nos ofrecen las esporádicas nubes tienen su representación en los pasajes más relajados de la pista. Y estos chicos saben de lo que hablan si hablamos de sol, porque el desierto los ha curtido en mil batallas.

8. Wish You Were Here - Pink Floyd

De verdad, si nunca habéis escuchado esta canción en la playa vuestra vida no está completa. Para mí es un momento que todo el mundo debería experimentar al menos una vez en la vida. Pink Floyd llegó a mi vida de una manera casi anecdótica, pero desde entonces no se ha ido nunca. Hará unos diez años retransmitieron por televisión el concierto Live 8, que organizó Bob Geldof para intentar reducir la deuda de los países africanos impuesta por el G8. Pues bien, en esta serie de conciertos simultáneos que se produjeron en todo el planeta actuó Pink Floyd. Tras 24 años separados daban la oportunidad de ver de nuevo a su formación clásica en directo por una buena causa.

Y allí estaba yo, viendo el concierto de Pink Floyd por la tele, con unos 15 años. Ya los conocía anteriormente sin rastro del más mínimo entusiasmo. Pero esa noche pasó algo. Y ese algo fue Wish You Were Here. Cuando terminó esta canción yo estaba en otro mundo, en estado de trance. Me había transportado, me había hecho pasar a otro estado. Desde ese momento supe porqué Pink Floyd había sido y sigue siendo uno de los grupos más grandes de la historia.

Por eso tenéis que escucharla en la playa. Cuando empiecen a sonar los primeros acordes de la guitarra acústica y os quedéis mirando la inmensidad del mar desde vuestra toalla, os lo aseguro, os dejará atónitos. No volveréis a ver la playa de la misma manera.

9. POWER - Kanye West

Una vez hemos hecho todo el proceso para asentarnos en la playa viene el momento playero por excelencia: jugar a la palas. Las palas son ese juego de raqueta en el que dependiendo de la pelota que tengas las reglas varían. Esto se produce por la incertidumbre de si la pelota botará en la arena de la orilla o no. Por otro lado, las normas también varían dependiendo del lugar donde juegues, ya que si el torneo se produce en la arena normal no hay posibilidad de rebote. Y también dependen de con quien juegues, porque no es lo mismo jugar con tus amigos que con tu novia/o  o con tu familia. Así que, en definitiva, las palas son un juego sin ley.

Pero lo importante de este pasatiempo es la emoción. Es un momento en el que nos creemos Nadal vs Federer. Para los revolcones por la arena, para los lanzamientos en plancha a por la pelota, para los golpes con efecto que van a parar a esamujerquellevabaunratomirandoosjugarporquesabíaquealfinalleibaisadaryhatenidotodalarazónperoaúnasícogelapelotayteladevuelve, esta canción es perfecta. Porque Kanye West es un experto en hacer canciones cargadas de adrenalina y testosterona, como buen provocador que es. Y este corte de su magnífico álbum My Beautiful Dark Twisted Fantasy es la canción perfecta para  encontrar motivación donde no la hay. Un tema que te sube el ánimo a lo más arriba para que en tu golpe final puedas enviar la pelota a las profundidades del océano (vamos, al fondo del vaso de esa señora).

10. Fight For Us - Sepalcure

Y llegó la noche. Y con ella llegan todos los placeres que nos da la playa sin nuestra estrella incandescente favorita. Llegan los paseos nocturnos por la playa, llega la pasión amorosa rebozados en arena de algunos, llega la sana ayuda de otros llevando las cosas de los apasionados amantes a un lugar más seguro (su casa, normalmente), y llegan las fiestas playeras. Bien sea en un chiringuito o en un club de moda, los cócteles en la playa son algo fundamental. Y este corte electrónico cercano al tribal dub me encandiló la primera vez que lo escuché. Si alguien de cualquier club del mundo me preguntara qué música poner en sus noches, este tema sería uno de los elegidos.

Y es que es elegante a la vez que divertido. Es relajante a la vez que animado. Es una combinación perfecta para una noche tranquila después de una jornada intensa, un broche de oro ideal para cerrar nuestro perfecto día en el mar.


Canción Extra. Reanimator - John Zorn

Pensabais que el día ya había acabado ¿verdad? Que sólo os quedaba tumbaros en la cama y dormir, ¿no? Pues estáis muy equivocados, porque mientras estaba sonando Kyuss, Pink Floyd o Kanye West algo no cesaba de trabajar; ese algo era el sol. Y ahora tumbarte en la cama es como si te estuvieran metiendo a un horno de fundido de metales. Tu cuerpo está experimentado más o menos lo que podemos escuchar en esta canción de Zorn: el caos absoluto. Se quiere rebelar contra ti, quiere hacer un motín contra tu cerebro por idiota, por dejar que tu piel se ponga igual que el programa de Antonio García Ferreras.

Tu cuerpo está pidiendo a gritos una reanimación, como dice el título del tema, porque ese color no es algo normal. Y mientras empiezas a notar como se queja subiendo tu temperatura corporal a tal extremo que podrías ponerte tu propio puesto de perritos calientes sin necesidad de carrito, tú estás ahí como todos los años intentando calmarlo con Aftersun en cantidades industriales, aún sabiendo que eso es lo mismo que poner el antimosquitos de enchufe. Pero esta vez al menos tienes una banda sonora con el que acompañar tu sufrimiento.







American Idiot - Green Day

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Corría el año 2009 y Green Day acababa de publicar su disco 21st Century Breakdown. Venían a España a presentarlo y, cómo no, Barcelona y Madrid fueron los destinos elegidos. Todavía con dieciocho añitos me fui con mis amigos hasta Barcelona para presenciar a uno de los grupos más importantes de nuestras vidas. Tras muchas horas de cola (y de inexplicables vueltas por la ciudad condal) conseguimos entrar al Palau Sant Jordi y se desató el armageddon. Los que estábamos allí éramos más que simples fans, estábamos forjando la historia de una amistad, y pareció que todos lo entendieran. Pero vayamos unos cuántos años atrás porque este concierto no fue especial simplemente porque los chicos californianos vinieran a España. Muchas cosas ocurrieron antes de este concierto.

Comencé a tocar la batería, para desgracia de mi familia y vecinos, a la edad de catorce años. Aparte del placer de ejercer una tortura auditiva a la gente cercana, descubrí que me apasionaba ese instrumento. El siguiente paso, por supuesto, era tener un grupo. Al principio nos juntamos unos amigos y simplemente quedábamos para aprender a tocar. Nada demasiado difícil, nada demasiado interesante. Pero fui aprendiendo.

Poco después, el bajista de ese grupo y yo partimos hacia otras propuestas que nos satisficieran más, ya que deseábamos algo más de velocidad musical. Es por eso que creamos junto a otros dos amigos otro grupo, de nombre Slip Out (no me preguntéis por qué). Nuestras influencias básicas eran todo el hardcore californiano o melódico: Blink 182, Sum 41, Offspring, Bad Religion, Simple Plan...pero, por encima de cualquier otro, Green Day.

Green Day era nuestro grupo de referencia y Basket Case nuestra canción de cabecera. Empezábamos y acabábamos los ensayos con ella. Uno de los guitarristas se podía pasar horas tocando simplemente el comienzo de Time of your Life, el bajista repitiendo una y otra vez los compases de She, y nuestro otro guitarrista no paró hasta aprenderse Jesus of Suburbia. Para mi LA canción era Basket Case y su frenético inicio. Claro, cuando nosotros empezamos el grupo, Green Day estaba en su momento más álgido en diez años, y todo ocurrió por este disco.

Desde su descomunal y paradigmático Dookie, Green Day había presentado trabajos de fortuna de crítica y público muy desigual. Ahí tenemos su disco inmediatamente posterior, Insomniac, del que sólo podría destacar Brain Stew/Jaded. Un disco demasiado oscuro y poco cohesionado, que mostraba a un grupo que se había desinflado tras el éxito de su anterior disco. Tras dos años de espera vería la luz Nimrod, un disco mucho más trabajado que al anterior, que explora más caminos de los ya abiertos por Dookie, con canciones como la citada Time of Your Life o la filosófica Redundant, así como también encontramos temas con el sello de la banda, como Nice Guys Finish Last.

Nos sorprendieron a todos con Warning, un disco con esencia folk y que para mí está injustamente infravalorado ya que contiene alguna de sus gemas en bruto más valiosas. Más tarde escuchamos Shenanigans, un álbum de piezas sobrantes de otros discos que tiene un interés más bien nulo. Pero, desde Dookie, Green Day no había conseguido lanzar un disco redondo, un álbum que gustara la crítica y al público por igual.

Y entonces llegó American Idiot. Y Green Day volvieron a ser lo que eran siendo algo completamente distinto. La llamada "primera ópera punk de la historia", es todo lo que Green Day había hecho hasta la fecha concentrado y licuado para todos los paladares. Sin todos los pasos, carreras, tropiezos y caídas desde el Dookie, American Idiot nunca hubiera existido. También fue el disco que nos unió como grupo para siempre.


El disco cuenta la historia de Jesus of Suburbia, un personaje creado por Billie Joe Armstrong, cantante y guitarrista de la banda. Este personaje cuenta las miserias de una civilización que se está yendo poco a poco hacia la autodestrucción, al igual que él. La primera canción, que da título al disco, es una rápida y furiosa visión de la sociedad americana por parte de este personaje. Una sociedad que no piensa por ella misma, que está controlada en cada rincón de su mente y a la que sus mandatarios dominan a voluntad. Y es aquí donde ya vemos que Green Day ha vuelto. Las guitarras afiladas, la batería (a cargo de Tré Cool) a máxima velocidad y el bajo (Mike Dirnt) machacándonos los oídos. Pero la voz de Billie Joe tiene ese toque alegre que siempre les ha caracterizado. Sí, ya podemos decir que esto es Green Day.

Pero, de repente, algo ocurre. ¿Una canción de 9 minutos? Estos no son los chicos de Dookie. En esta canción se nos presenta al protagonista de la historia, que tiene el mismo nombre que la pista: Jesus of Suburbia. Y, para aquellos que no crean capaces a este grupo de hacer una canción de larga duración con sentido les invito a escuchar una de mis canciones favoritas, y, sin duda, la mejor de todo su repertorio. Era una imprescindible en todas nuestras sesiones de ensayo y no es para menos. Una canción con un comienzo totalmente épico que va pasando por diferentes tempos y estilos, con una banda pletórica y un Billie Joe extraordinario como frontman. Vemos un tono mucho más maduro en esta canción, que busca de verdad contar una historia a través de la música y no sólo una base para soltar lo que se necesite con palabras.

Aquí Jesus of Suburbia se presenta y podemos observarlo pasando por diferentes estados de ánimo, por diferentes etapas de su vida. Por ello nos encontramos con una conjunción musical extraordinaria, que puede ir desde el más típico hardcore melódico, hasta baladas, pasando por partes rockera e incluso pop al más puro estilo Beach Boys. Jesus finalmente, nos dice que huyó de su hogar porque este no existía.

Una de las canciones más populares de la banda es la que viene a continuación: Holiday. Un claro canto anti-belicista. Una guitarra circular da paso al alegato que Billie Joe tiene preparado. En el momento de la creación del disco, la administración Bush estaba en pleno apogeo en su batalla iraquí y la banda nos presenta una feroz crítica contra esto. Con esta canción comprobamos que, aunque veamos que Green Day han vuelto, la velocidad ya no va a ser el tótem sobre el que se asiente su nueva era.

Llegamos así a Boulevard of Broken Dreams, una balada donde la banda presenta su lado más triste y decepcionado con el mundo. Esta canción es algo que no hubiéramos podido ver tras una madurez musical que se fue consolidando poco a poco. Guitarras acústicas, ritmos pausados, efectos electrónicos...Elementos que nunca habíamos encontrado en el repertorio del grupo, pero que añaden vitalidad a su música, aunque esta sea taciturna y oscura.

Una batería que el guitarrista quería aprender a toda costa abre la siguiente canción, Are we the Waiting. Fueron muchos ensayos enseñando este extraño patrón de batería pero al final consiguió tocarlo y hasta me la quitaba para practicar. De nuevo, nos encontramos con una canción que poco o nada tiene que ver con la anterior trayectoria de la banda, pero que encaja perfectamente en el disco. Unas melodías muy cuidadas dan paso a una de las canciones de mayor velocidad de la historia de Green Day. Una pista muy ramoniana que nos presenta a otro personaje de la historia: St Jimmy, caótico y autodestructivo. Se puede pensar que simplemente es una parte de la difícil personalidad de Jesus o que es un personaje aparte que enseña nuevas experiencias al protagonista y que más tarde este se haga pasa por aquel. Yo me quedo con la segunda opción.

Y es que aquí es donde descubre la novocaína, una droga que intenta aliviar su depresión y su alineamiento del mundo. Give me Novocaine se convierte así en el punto de inflexión del disco, donde el protagonista entra a una puerta por la que antes no había pasado y de ahí esos cambios musicales tan bruscos entre sus zonas calmadas, que bien podrían tratarse de una canción hawaiana, y sus arrebatos rabiosos que crean un muro sónico infranqueable. Pero, como siempre, todo cambia con la llegada de un amor inesperado. Y eso representa She's a Rebel, una canción que vuelve a los orígenes de la banda para presentar a ella: Whatsername. Una perfecta rebelde, un icono de verdadera resistencia, de la cual el protagonista queda profundamente enamorado.

¿No os había dicho que Green Day habían crecido y que habían alcanzado su madurez musical en este disco? Pues bien, Extraordinary Girl es otra prueba de ello. Una intro totalmente árabe da paso a una canción que mantendrá este toque oriental durante todo su recorrido, como si de Tomorrow Never Knows se tratara. El estribillo actúa como una cascada del río que nos había transportado de forma oriental hasta él. Conocemos algo más de esta chica en esta canción, que nos muestra su lado más sensible, mientras el protagonista sigue cayendo en una espiral sin retorno.

Ella, intentando alejarse (y alejarle) de ese impulso autodestructivo, le envía una carta en la que le dice que lo abandona para siempre. Además le hace ver que él no es Jesus of Suburbia, ni tampoco St Jimmy. Una auténtica carta bomba (Letterbomb). Esta canción establece un vínculo metamusical con otra de las canciones de este disco en su intro, ya que nos muestra en su intro una parte de lo más tarde será un trozo de Homecoming. Musicalmente creo que es un corte perfecto de rabia sistematizada. De potencia con control.

Y qué decir de una de sus canciones más emblemáticas. Wake me up When Setember Ends es todo sentimiento. Es una canción en la que vemos el corazón de Billie Joe puesto en una bandeja, para que todos veamos sus cicatrices. Una canción que el cantante escribió por la trágica muerte de su padre cuando él tenía sólo 10 años y no quería otra cosa que esto fuera un sueño, que septiembre acabara ya que este fue el mes en el que pasó. Un arpegio ya mítico es la introducción a una de las canciones más emotivas de la historia de la banda, en la que poco a poco la intensidad se va haciendo más fuerte   y asistimos a un final apoteósico donde la emoción está servida.

La penúltima canción del disco, Homecoming, es otra de las grandes sorpresas. Y es que por si no habíamos tenido suficiente con Jesus of Suburbia, ¡aquí nos encontramos con otra canción de 9 minutos! Musicalmente no tienen nada que ver una con otra, esta es mucho más rockera, más directa y quizá más desconecta que aquella, pero con puntos álgidos que sondan delicia. La canción nos cuenta la historia del protagonista abandonando su papel como St Jimmy, volviendo a su casa e intentando rehacer los pedazos.

Por último nos encontramos con Whatsername, donde se nos confiesa que sigue enamorado de esa chica que lo ha abandonado y que nunca volverá a ver. Intenta por todos los medios olvidarla aunque sabe que no lo conseguirá, así que seguirá su vida con ese sentimiento clavado para siempre. Es una de mis favoritas del disco, aunque es de las menos reconocidas públicamente, gracias a su estilo directo pero calmado, con un Billie Joe totalmente sereno, lo que nos muestra el paso del protagonista  a un estado fuera de la autodestrucción.

Y ahí estábamos nosotros, cinco años después de la publicación de este gran disco, a punto de presenciar al grupo que había creado las canciones que nos habían obsesionado una y otra vez en las sesiones de ensayo. Apenas nos podíamos mover gracias a la aglomeración de gente, apenas siquiera respirar, pero la magia no se rompió en ningún momento. En ese momento todo lo que habíamos vivido se condensó en dos horas de concierto. Todas las noches tocando en sitios que nunca volverán a abrir, las carreras por habernos dejado algo antes del concierto, los robos de material, los ensayos a las tantas, las roturas de cuerda en los conciertos (incluso del bajo), los viajes a ciudades desconocidas junto a posibles psicópatas en potencia...Todas las experiencias vividas eclosionaron en aquel concierto, pero sobre todo, se acumulan en este disco. Y por eso siempre tendrá un sitio de honor entre mi colección.