We'll Burn the Sky - Elogio del Heavy Metal en tres movimientos (III)

 Tercer Movimiento - Taken by Force


Casi sin querer llego al final de la aventura introspectiva a la que estos meses tan extraños me han empujado. Y llego muy bien acompañado. Os diría que vengo acompañado por mis padrinos. No sé si os habéis fijado, pero ya dí a entender por dónde iban a ir los tiros en mi preludio a esta trilogía, porque ese sampler tan desgastado de la desaparecida Very Metal fue el primero que tuve de una larga colección de recopilaciones generadas por revistas que me enseñaron que el Heavy Metal se había convertido en uno de los géneros más prolíficos y variados de la música popular. No os preocupéis, si no lo habéis visto, podéis hacer rewind y fijaros algo mejor en el grupo que aparece en la portada de ese disco. Adelante, espero. ¿Ya? Efectivamente, no podía estar hablando de otros que no fueran la banda alemana más grande de todos los tiempos: Scorpions.

El caso es que ha sido sólo a través de esta investigación retrospectiva por la que me he dado cuenta de lo unidos que han estado siempre mi evolución metálica y la figura de estos gigantes de la escena. No contentos con el comentado cedé de la revista de marras, los teutones aparecieron poco después para deslumbrarme con una de las composiciones más brillantes que podamos atribuir a un grupo de Hard Rock (aunque me atrevería a decir que a cualquier grupo en general): In Trance. Y, ¿dónde aparecía esta canción para que un chaval de unos catorce años sin internet ni conocimientos rockeros pudiera conocerla? Pues por donde -creo- que debemos empezar todos cuando no tienes muy claro cuál es el punto de partida: una fastuosa compilación de clásicos del rock. No eran los únicos tótems de la escena que aparecían; ahí estaban Deep Purple, Status Quo, Led Zeppelin (aunque versionados por Jeff Healey Band)...Grandísimos grupos a los que admiro en gran medida. No puedo negar la influencia que han tenido por ejemplo Led Zeppelin a la hora de mi concepción de qué debería ser "escuchar música" o cómo debería sonar una verdadera banda de la música más dura del planeta. Pero había algo en la composición de los alemanes que me tenía completamente fascinado. Aunque pueda parecer un oxímoron, un misticismo se envolvía entre uno de los riffs más precisos de la historia, mientras que la voz de Klaus Meine demostraba ser capaz de traspasarte como un puñal a la vez que conseguía acunarte como si de una nana se tratara.

Por supuesto, pasados esos años iniciales llegó Internet y la consecuente sencillez a la hora de adquirir música. Sin dudarlo, corrí a conseguir los grandes discos de Scorpions para ir inyectándomelos progresivamente uno a uno. Me recorrí el Blackout, el Love at First Sting, el Crazy World... En definitiva, fui a por las que parecían las vacas sagradas. Aunque, por supuesto, mi objetivo principal era conseguir el In Trance. Puede que fuera la edad, puede que fuera que el hecho de que el thrash metal estaba atrapándome en esos momentos y necesitaba agresividad que digerir, pero no logré disfrutar del disco. Viéndolo desde el punto de vista que te otorga la edad, no puede hacerme más feliz de que esto aconteciera de esta manera y os explico por qué. 

Si en el momento en el que me acerqué al disco del 75 de estos teutones me hubiera gustado creo que se hubiera quedado ahí, en un "no está mal". Porque, como os decía, en aquellos momento yo ya me encontraba en otro punto de mi recorrido metálico y necesitaba experiencias más fuertes. Me pasó con muchas grandes bandas que, aún pudiendo reconocer su valía, no así podía disfrutarlas. Mis adorados Metallica abrieron la puerta a sonidos más extremos y perturbadores y el thrash se convirtió en mi música de cabecera. Mucha sangre ha llovido desde entonces (click aquí si no has entendido el juego de palabras musical) y mis preferencias musicales se han asentado sobre un lecho mucho más amplio que el que podía tener entonces. Por eso cuando volví a los Scorpions supe que lo había hecho en el momento correcto: si ahora volvía a sentir lo mismo que la primera vez podía confirmar que la banda sería como una más en mi vida, nada especial. Por supuesto, eso no ocurrió.

Lo curioso de toda esta historia es que la revelación no ocurrió con el state-of-the-art In Trance, como yo hubiera podido esperar, sino con el disco que hoy nos ocupa y del que poco o nada había oído yo hasta el momento. Cómo llegué hasta este disco es algo que no tengo muy claro ni siquiera  a día de hoy, pero sí que sé que, como ha ocurrido en muchas ocasiones a lo largo de mi vida, los Scorpions simplemente aparecieron cuando tenían que hacerlo. De hecho, preparando todo lo que os conté en mi primera entrada sobre esta trilogía, sin saber muy bien cómo, me topé con ellos. Como ya sabéis, una de las cosas que estuve preparando fue una base de datos sobre discos y géneros para, a través de ella, poder realizar la cronología de mi idea inicial. Pues bien, dentro de este proceso probé diferentes estrategias y una de ellas me llevó a elaborar esto:  Fijáos atentamente en los discos más escuchados de esta tabla, ¿cuál es el artista que ha realizado ese disco? Efectivamente, los Scorpions:


Se trata de una compilación que la banda publicó a mediados de los noventa en su versión para el mercado estadounidense. Llamadme loco, pero encontrar el número 1 de la lista a este disco en la era moderna por encima de gente como Drake, Kanye West, Daft Punk o Gorillaz para mí fue más una señal que me estaban lanzando que datos reales. No me quedaba más remedio que volver a ellos y comprobar por qué el universo parecía estar me estaba lanzando escorpiones a la cabeza. Os seré completamente sincero: fue como volver a casa. Además, fue como volver a casa después de un largo y variado recorrido por casi todos los lugares del mundo. De sentirte arropado en tu hogar. Y es que por alguna razón que se me escapa, Scorpions siempre han estado allí (de nuevo, link por si no se ha entendido el juego musical).

Así que, por fin, me dejo de preámbulos y divagaciones y os acompaño al viaje que supone este disco. Pongámonos en situación: Scorpions habían realizado ya grandes contribuciones a la historia del rock con discos tan sobresalientes como Fly to the Rainbow o Virgin Killer, aunque su lugar dentro del Olimpo lo habían conseguido gracias a ese increíble In Trance de 1975 (!). Los teutones sabían que habían llegado al cénit de un estilo y tras eso, sólo les quedaba pivotar hacia otros sonidos que les permitieran abarcar un territorio más amplio. Ese territorio cuasi inexplorado lo descubrieron en este álbum de 1977: Taken by Force. Sólo el título ya es premonitorio del cambio fundamental que supondría este disco hacia unos sonidos que se alejaban en cierta manera del hard rock con cierto aire progresivo para abrazar sin contemplaciones los márgenes más afilados del incipiente heavy metal. Esto es algo que el núcleo durísimo de la banda (Klaus Meine y Rudolf Schenker) dejó muy claro en los discos posteriores. ¿Dónde quedaba entonces el lugarteniente y guitarra solista Uli Jon Roth? Esta es una historia interesante.

Siendo uno de los alumnos más aventajados del icónico Jimi Hendrix, el alemán siempre había tenido muy claro cuál era su estilo a la hora de tocar la guitarra. Una forma que chocaba diametralmente con la del Káiser Schenker. Esto era algo que generaba una mezcla explosiva gracias a la cual nosotros podemos disfrutar de discos con las más altas cotas de composición musical. Sin embargo, con Taken by Force esa cuerda que no paraba de tensarse con cada canción que emanaba del grupo, estaba a punto de partirse. Lo dijo el propio Schenker en las notas que acompañan el álbum:
Uli y yo estábamos en un club y Uli se emocionó muchísimo de repente. Había visto a Monika Danneman, la última novia de Jimi Hendrix, y realmente quería conocerla. Fue en aquel instante en el que finalmente comprendí que él estaba inmerso en su propia misión artística, y que no parecía haber forma en la que él permanecería en Scorpions por mucho más tiempo.
Después de fabricar este álbum, los caminos del gran guitarrista y el resto del grupo se separaron y nunca jamás volvieron a encontrarse. En estudio, al menos:



Cuando una formación se está rompiendo por diferencias artísticas de sus miembros no hay término medio: o nos encontramos con un truño tan grande como un piano de cola o aparece una obra maestra que reinventa su parcela de música. Y en el caso de los alemanes rockeros tendríamos que hablar indefectiblemente del segundo caso. Nadie en su sano juicio podría pensar que la psicodelía y el onirismo sofisticado de Roth llevado al extremo podría provocar una buena mezcla con la férrea, marcial exactitud y simetría de Schenker. Es como si pensaras que al unir una alondra y una excavadora podría surgir la novena sinfonía. Pero ¡ah! ¿alguien nos había dicho al inicio del experimento que el majestuoso pájaro y la monstruosa máquina cuando querían, podían hablar el mismo idioma?

Esa es la clave de todo: este disco es la prueba más perfecta de que si los ingredientes son buenos, los cocineros no tienen que hacer demasiado. La muestra más evidente de que las personalidades iban a estar peleando durante todo el disco nos la encontramos ya en la primera canción: Steamrock Fever. Os vais a dar cuenta enseguida de que no exageraba con el símil que he propuesto anteriormente, ya que aquí escuchamos desde el primer segundo un martillo neumático que golpea sin descanso hasta el final del tema. Como parece que ya hemos entrado a la crítica dura del disco, vayan por delante los elogios a estos músicos, para no tener que estar repitiéndolos durante el resto del texto: estamos ante la presencia de algunos de los mejores talentos de la escena, gente que ha podido traspasar el muro del rock duro con el público masivo, pese a ser así de horteras:

Siendo totalmente sincero, muy pocos (y con muy pocos me refiero a contados con los dedos de una mano) cantantes pueden igualarse a Klaus Meine durante estos años (y casi hasta la actualidad, porque parece haber hecho un pacto con el diablo). Su mezcla de nasalidad y melodía en la voz le permiten transmitir emociones a un nivel que no he podido escuchar muchas más veces. Al mismo tiempo, no creo que haya nacido nadie con mejores dotes que Schenker para la guitarra rítmica (sólo tal vez si Taylor se hubiera puesto en algún momento a intentar agarrar las seis cuerdas), un hombre capaz de crear riffs que podrían envolver al mundo entero. De Roth ya os he adelantado gran parte de sus dotes, aunque podréis comprobarlo vosotros mismos cuando lo escuchéis. Y por supuesto, la sección rítmica, formada por Herman Rarebell a los tambores y Francis Buchholz al bajo, cumple su cometido de forma excelente, aunque siempre queda patente que aquí la batuta la llevan los componentes del núcleo duro.

Hechas las debidas presentaciones, volvamos al tema incial, Steamrock Fever. Un tema que, como ya os he comentado, abre las puertas a los Scorpions más metálicos, esos que se acercarían a tempos frenéticos en discos como Blackout o Love at First Sting años más tarde. Muy interesante el riff principal, como un zumbido cortante que se vuelve circular y que, conjuntamente con una batería de lo más original y agresiva, deja el camino abierto para que Meine ataque las estrofas de un modo apabullante. Muy atentos a todo esto porque el muro de sonido que más tarde se utilizaría en millones de canciones de heavy metal aquí da sus primeros pasos. No hay ni un hueco libre para que se escape un átomo y esa es la sensación de densidad que muchas veces se demanda en este estilo de música. El estribillo festivo contrasta de manera espectacular con estas estrofas más neuróticas, creando una liberación muy potente de adrenalina.

Este inicio de lo más cañero da paso a la razón de todas estas entradas, al motivo por el cual este disco tiene que estar en tu colección y a la demostración de por qué Scorpions son una banda que está por encima del resto. Simple y llanamente, es así. Damas y caballeros, en pie y aplaudan, ha llegado We'll Burn the Sky. Schenker y Roth dan comienzo a unos de los temas más míticos y emocionantes de la historia del rock como no podía ser de otra manera: en lucha. Una lucha sutil y elegante en la que el arpegio de Roth se va entrelazando progresivamente entre las notas de Schenker como si de una serpiente se tratara. Manteniendo esa tensión entra la apesadumbrada voz de Meine, recitando los versos de Monika Danneman de una forma que ni él mismo podrá volver a imitar en el futuro. Es una canción con tantísimo significado para los miembros de la banda que se nota que se dejan el alma en cada centímetro en el que se mueven. Y es que no nos olvidemos que es una elegía que Danneman (novia de Roth en esos momentos) le escribió a su antiguo amor: Jimi Hendrix. El aura de Hendrix se mueve por todo el tema, así como la admiración del grupo por la leyenda. Progresivamente la guitarra de Roth se va convirtiendo en una especie de viola y se integra por debajo haciendo sonar un canon a la manera más clásica al tiempo que unos violines se introducen girando alrededor de la voz de Meine. Mientras, la intensidad de la música va creciendo y creciendo hasta que se produce la primera parada de este maratón emocional. Y es que cuando Meine deja caer la última palabra de de "Everything wants you back again." y la caja de Rarebell pega su primera acometida poco más nos queda por hacer que dejarnos llevar por ese mastodóntico riff que Schenker ejecuta a la manera más alemana posible. 

Tras este ¿estribillo? volvemos a la calma y la belleza de la estrofa, sabiendo que nos espera otra descarga que nos dejará sin aliento. Y efectivamente, pasados unos minutos, nos volvemos a encontrar con Schenker a la carga de lo que parece más una ametralladora que una guitarra. Cortando absolutamente el viento producido por este huracán de guitarras nos encontramos a Meine dándole el mayor sentimiento posible a los versos más preciosistas que han cantado estos teutones:

Wait, can this be a dream
There is a voice in my head
It belongs to you, it say's
Don't cry, no need to be sad
There's a way to stay with you again
It's more than you ever had
And no death bring us apart
Our timeless love always grows
Because you are my other part

Mientras la voz de este pequeño gran hombre sigue girando a través del espacio y del tiempo, los dos guitarristas se van acercando poco a poco para ir formando una pequeña introducción de guitarras gemelas a través de la cual llegará una de las mayores explosiones de dinamita que ha podido crear cualquier grupo de rock. La forma que tiene Meine de ir haciendo crecer los últimos versos hasta hacerlos estallar como una supernova, dejando paso a uno de los solos de guitarra con mayor carga emocional que he podido escuchar en mi vida es algo que está al alcance sólo de seres de otro planeta. No puedo evitar la piel de gallina cada vez que escucho esta canción.

Por supuesto, después de un tema que está a la altura de Stairway to Heaven (y que venga alguien a discutírmelo) los teutones muy sabiamente buscan reducir la profundidad y nos ofrecen un tema enteramente compuesto por Roth, I've got to be free. Es una canción rockera y directa, con Meine en unos registros que creo que no volvería a practicar a lo largo de su carrera, completamente agudo y canalla. Un tema que para mí debe ser disfrutado completamente en directo, consumiendo toda la energía que desprende y liberándote de todas las preocupaciones (hoy estoy juguetón con las palabras).

No nos dan mucho respiro los alemanes para recomponernos el espíritu ya que la descarga de Roth da paso a The Riot of your Time, compuesto por ese núcleo duro que forman Meine y Schenker. Y es que hablando del Rey del Rock, uno de los ídolos más importantes para estos músicos, ya podíamos suponer que la emoción estaba servida. Comenzando al puro estilo Elvis con unas guitarras acústicas, la banda nos va introduciendo a través de unos pasajes cuasi fantasmagóricos (ojo al trabajo de canon por debajo de los riffs que se marca otra vez el amigo Roth). La nostalgia por esos años dorados que nos brindó el rock de los cincuenta y los sesenta es el leitmotiv de este tema que consigue la sublimación a través del solo de Roth, uno que crece de forma progresiva y sencilla representando todos esos músicos que dieron sentido al género que amamos.

The Sails of Charon viene de nuevo de la mano exclusiva de Uli Jon Roth y nos transporta de alguna manera a unos paisajes arabescos con uno de los riffs más impresionantes de todo el album. Por si fuera poco con ese riff inicial, el genio de las seis cuerdas nos inyecta en vena un solo de esos que sólo pueden materializarse mediante la mente de un completo chiflado, sin que ni siquiera Klaus haya soltado una sola nota a través de su garganta. El tema va evolucionando hacia un rock duro que bien podría haber creado un señor llamado Ritchie Blackmore, gracias a esa ambientación entre neoclásica y medieval. Y da paso a mi segunda preferencia en este disco. Y es que este tema lo tengo que reivindicar contra viento y marea. No es normal lo que estos alemanes consiguen hacer en esta canción. ¿La estás escuchando? ¿Sí? Vale, párala. Párala en el segundo 0:12. ¿Qué oyes ahí? ¡Efectivamente! Una guitarra funky, algo que podría haber sonado perfectamente en un disco de la Motown. Este Roth sin duda tenía un talento fuera de lo común. ¿Y qué me decís de la banda? ¿Cómo consiguen pasar de esos sonidos más cercanos al soul y el funk a unas de las creaciones más grandilocuentes de la historia del rock (gracias principalmente a esa voz de Meine que sube hasta el cielo y lo traspasa) en apenas dos minutos? Es algo que todavía no entiendo. Quizá nunca lo haga, pero poco importa. Disfrutadla, se lo merece.

Nos acercamos peligrosamente ya a la recta final del disco con las dos canciones más alejadas entre sí de todo el repertorio pero que curiosamente marcarán la carrera de los subsiguientes Scorpions. He's a woman, She's a man es un trallazo directo a la yugular que no deja lugar a contemplaciones y que nos muestra el rumbo de la dirección creativa que querían seguir Schenker y Meine. Tanto es así que sus siguientes discos están plagados de este tipo de torpedos (Coming Home, Dynamite, Bad Boys Running Wild, Lovedrive, Blackout...) aderezados todos ellos por las igualmente talentosas garras de Matthias Jabs, que entraría a la banda en el siguiente disco y continuaría hasta nuestros días. Por otro lado tenemos Born to touch your Feelings, un mega baladón de los Scorpions en todo su esplendor. Para mí, esta es la primera balada con la receta Scorpions, esas que les harían famosos en todo el mundo como unos maestros de este tipo de composición. Y cerrar un disco con una canción de este calibre, que poco o nada tiene que envidiar a otras más famosas de la banda como Still Loving You o Holiday como ya he repetido hasta la saciedad en este post, está a la altura sólo de seres de otro planeta.

Y si ellos cierran con esa canción, yo cierro con este disco mi pequeña trilogía sobre mi vuelta a los orígenes. Sobre una búsqueda algo más profunda de mí mismo. No sería la persona que soy hoy de no haber sido porque a mis trece años empecé a escuchar a Metallica, Led Zeppelin, Mago de Oz, Scorpions, Judas Priest, Iron Maiden, Extremoduro, Marea y tantísimos, tantísimos otros. Nunca podré agradecer lo suficiente todo lo que la música ha hecho por mí, pero espero que esto sirva como una pequeña y dulce introducción al caos.

Puedes ver aquí el resto de la trilogía:


 






We'll Burn the Sky - Elogio del Heavy Metal en tres movimientos (II)

Segundo Movimiento  - Into Glory Ride


Vale, sí. No creo que exista nada más hortera que esta portada. Quizá ese pañal gigante con piel de cordero sea lo único que supere al conjunto. Y si nos ponemos a comentar lo que Manowar representa voy a estar de acuerdo en todo lo negativo que podáis pensar: que su autoproclamación de "reyes del Metal" suena ridícula e incluso algo ofensiva (no olvidemos que ellos también son la vara de medir de lo que se puede o no considerar "true metal"); que la mayoría de nosotros podría componer una canción de la banda simplemente combinando algunas de sus palabras clave: steelthunder, blood, sky, warrior, metal, kill o king, por poner los ejemplos más sangrantes; incluso que en su afán por seguir sonando como el verdadero e inimitable "true metal" se han convertido más en una parodia de sí mismos que en algo que la comunidad pueda respetar.

Como os digo, no tengo nada que decir sobre todas estas afirmaciones, ya que son las mismas que sobrevolaban mi cabeza cuando conocí a la banda. Y es que esa fachada tira para atrás al más metalero. Piensas que te vas a encontrar con una serie de discos de un grupo de señores a los que les gusta más disfrazarse que la música. Sin embargo, todo esto es cierto hasta cierto punto. Ahora entenderéis por qué digo esto.

Ya habréis imaginado que esta aventura dentro del camino de la banda más metalera de todos los tiempos comenzó con la ya citada lista de rateyourmusic de la que os hablé en la anterior entrada. Y como también habréis imaginado, mi sorpresa al ver este disco en el tercer puesto de la lista, sólo por debajo de Powerslave y Sad Wings of Destiny, no pudo ser más mayúscula. ¿Estos tipos vestidos de Conan a la altura de dos piedras angulares del género? No daba mucho crédito al ránking pero aún así decidí darle una oportunidad al disco. Y decidí hacerlo por dos razones: porque el mismo usuario ya me había convencido lo suficiente con el USPM y porque pensé que quizá hubo un punto en la carrera de Manowar en el que no estaban pensando tanto en parecer metaleros como en serlo.

Mis anteriores encuentros con la banda musculosa habían sido efímeros. Alguna canción suelta del Kings of Metal que me parecía bastante buena, varias escuchas al Fighting the World (que me sigue pareciendo un disco de Kiss), una pequeña obsesión con Warriors of the World United (ese tipo de obsesión que te hace escuchar la misma canción en repeat durante semanas). Poco más. No terminaban de conquistarme ni su estética ni su mensaje, aunque cuando los escuchaba sí que había algo que me atraía, sin saber muy bien qué o por qué.

Así que como no podía ser de otra forma, me coloqué mis pulseras de cuero y pinchos y le di al play. Pero antes de comenzar a describiros mis sensaciones, no puedo dejar pasar esta oportunidad de oro. Porque gracias a este álbum yo he descubierto a otros Manowar y me gustaría animar a todo aquel que tenga cierto interés en hacerlo que se me una. Pero no con este disco, sino con la canción que le da título al mismo: Battle Hymn de su anterior y primer disco Battly HymnsSinceramente, esta es una canción que puede sustentar toda una carrera musical. Si Manowar sólo hubieran grabado esto ya se habrían ganado un lugar en el Panteón de los más grandes del género. Afortunadamente para nosotros, todavía tenían unos cartuchos extras de sobrada calidad. Si podemos categorizar como paradigma del metal épico alguna canción en la historia, sin duda sería esta. Comenzando como un medio tiempo muy potente, las melodías de cada uno de los músicos se van entrelazando al compás del gallardo ritmo de la batería de Donnie Hamzik, y cuando el portentoso Eric Adams comienza a agitar su instrumento recitando aquello de "By moonlight we ride, ten thousand side by side" te das cuenta de que aquí estamos hablando de algo más que un simple grupo americano. Aquí estamos hablando del poder de la música, de la capacidad de generar los más dispares y profundos sentimientos a través del conjunto de los diferentes elementos  que la conjugan. Porque tras la primera cabalgada en la que nos encontramos frente a frente con el enemigo, estos cuatro guerreros nos transportan a la visión de ese Valhalla que todos los combatientes anhelan mediante un onírico pasaje en el que prácticamente podemos notar a Adams acunándonos con su voz. Y sólo un minuto más tarde consiguen sacudirnos hasta las entrañas con la que es -a mi parecer- la mejor representación de una cruda y épica batalla en la historia de la música popular. El momento en el que entra la banda con toda la potencia imaginable mientras Eric alcanza notas que no son de un ser humano cantando eso de "Sound of charge into glory ride, over the top of their vanguished pride" es sencillamente colosal. Pierdo la cuenta de las bandas que venderían su alma al diablo por poder crear algo parecido a ese minuto. Aquí nos damos cuenta de que Manowar ya lo había hecho y, aprovechando ese milagro de la creación que es Battle Hymn, decidieron estirar lo conseguido en esta canción en su siguiente disco a través de su más icónico verso: Into Glory Ride.

Tengo que matizar que, si bien el Battle Hymns no es un mal disco, tampoco es bueno. Quiero decir, el resto de canciones que lo componen se quedan más en una especie de copia a la americana de unos Judas Priest que de títulos con sello propio. Creo que DiMaio y compañía se dieron cuenta del monstruo que habían creado y decidieron que a partir de ese momento, su música se definiría así. Que cualquiera que escuchara Manowar los reconocería al instante. Gracias a esos coros, esa épica o esos trotes de la guitarra, los americanos estaban forjando en hierro candente su propia personalidad. A la vez, casi sin querer, también configuraron el tablero de juego de un nuevo subgénero que alcanzaría su madurez en los años noventa. 

Así que, un año más tarde, DiMaio, Adams y compañía recogieron su propio legado y dieron a luz al disco que nos ocupa hoy, esta vez contando en sus filas con el batería Scott Columbus. Sé que Columbus no es el batería más técnico del mundo, pero tampoco entiendo las críticas que se le achacan. Creo sinceramente que es un elemento clave para el sonido Manowar, además de ser una pieza que permite sostener en la tierra a sus extravagantes y excesivos compañeros. Para muestra de mi argumento basta encontrarnos un sólo de batería de más de cuatro minutos en una canción que supera los 28 minutos de duración en el Triumph of Steel (época Rhino). Ahora bien, hechas todas y cada una de las presentaciones, es hora de centrarnos.

El disco arranca con la vena más macarra de estos Manowar con Warlord, recordándonos, o en cierta forma cerrando, las ya citadas canciones de su Battle Hymn. Es un tema que, como ya apuntaba en las anteriores, nos puede recordar a los Judas Priest más directos (esos del Hell Bent for Leather o Breaking the Law). Para mí esta canción constituye el eslabón más débil de toda la cadena del disco, ya que aporta poco o nada nuevo al género o a la carrera de Manowar. Pero cuando acaba este tema...¡ah! Nos encontramos con Secret of Steel, una canción que reduce exponencialmente el tempo que había mostrado su predecesora a través de los pausados y rítmicos golpes de Columbus en la batería, y unos riffs de la sección de cuerdas que, aunque pudiera parecer que retoman la tradición sabbathiana, en realidad están explorando otro sendero. Porque este conjunto de elementos no pretende arrasar con todo lo que encuentre a su paso como lo hacen los de Iommi, sino más bien arroparte, envolverte en su manto de acero y hacerte volar hacia el Valhalla como un auténtico guerrero. No hay más que escuchar esos coros semicelestiales del estribillo o el "RISE" que se repite casi como un susurro de un antiguo Dios que te anima a seguir en la batalla. ¿Toda esta explicación no os suena peligrosamente a algo? Os estoy dando pistas.

Llegamos a una pieza clave dentro de este disco y sin duda en la carrera de Manowar: Gloves of Metal. Y digo clave no tanto por el apartado musical (esto fluctuará mucho con los años) sino más bien por el estilístico: aquí la banda plasma su leitmotiv más fundamental, esos lemas que repetirán en todos y cada uno de sus discos: qué es ser metalero, cómo serlo, los metaleros somos una comunidad que jamás se destruirá, combatimos al mundo, etc. No hay más que ver el video oficial de la canción para entender lo que digo:

Y volvemos a la horterada máxima

Tras su propia declaración de Independencia frente a los padres del género (sin dejar de reconocer su influencia y legado), Manowar transita hasta la costa de un territorio del que serán sus primeros exploradores y que acabaría siendo conquistado años más tarde por unos nórdicos con la cara pintada y adoradores del rey del Inframundo. Porque sí, queridos lectores, Gates of Valhalla es la primera pieza que podemos catalogar genuinamente dentro del universo del Viking Metal. Y no admito discusión posible sobre esto.

Que sí, que Quorthon y sus Bathory fueron los propulsores. Estoy de acuerdo. Que hubo grupos antes que también hicieron algo parecido (Heavy Load, Legend...), también. Pero nadie puede negarme ni que los antecesores suenan como debe hacerlo una banda de viking ni que los predecesores suenan peligrosamente parecidos a lo que se expone en este disco, principalmente a esta canción. Tempos lentísimos pero sin sonar a doom, teclados que crean esa sonoridad épica, letras sobre batallas y mitología, cuerdas que generan una atmósfera envolvente... Y es que si existiera algo parecido al metal atmosférico (creo que lo más aproximado sería el post metal), sin duda, este sería uno de los discos clave. Porque Manowar en este disco abandona todo objetivo de sonar cortantes o directos y, simplemente, te presenta sensaciones, escenarios: una árida playa donde ha ocurrido una tremenda y sangrienta batalla, un prado donde yacen los guerreros que ya han partido hacia el Valhalla, un oceáno que atravesar para llegar hasta las costas del enemigo... Por supuesto, lo hacen con los mejores mecanismos posibles: los arpegios sosegados que recuerdan a las olas del mar del comienzo de Gates of Valhalla, el denso y pesado riff de la definitoria Gloves of Metal o la tremenda voz de Eric Adams en los dos siguientes temas, que representan para mí las dos caras opuestas del disco: Hatred y Revelation (Death's Angel). Porque donde Hatred va carcomiendo toda la bondad que puede existir en la música y se convierte seguramente en la canción con la atmósfera más opresiva de toda la carrera de la banda, Revelation  se desliza como una jabalina por el aire para acertar en el punto más central de la diana de ese metal elegante y con clase del que Manowar formaron parte. 

Quiero señalar algo de la sabbathiana -ese riff SÍ que lo podría haber escrito Iommi- Hatred  y es la espectacularidad de la voz de Eric Adams, y principalmente, su habilidad para hacerse pasar por un instrumento más dentro de la banda. Aunque esto sea una constante durante todo el disco, creo que dónde más se puede apreciar esto es en esta canción. Un instrumento que es vital para una banda que está elaborando su nuevo sonido porque permite rellenar esos huecos en los que los americanos querían dejar hablar a los dioses.

Pero por si la demostración de Adams no había sido suficiente con esa jauría de alaridos sobrehumanos que conforma Hatred, el americano demuestra una vez más en Revelation que sus cuerdas vocales bien podrían estar aseguradas como tesoro nacional. Y aquí me pongo serio, porque si este disco me entró con Gloves of Metal, me conquistó con esta canción. Y principalmente lo hizo a través de los primeros dos minutos. Primero con ese sonido tan nórdico de los primeros compases y más tarde con esos agudos de Adams que dan paso a uno de los riffs cabalgantes más emocionantes del metal de los ochenta. Pero escuchad muy atentamente esos agudos a los que me refiero, porque cuando Adams libera la frase "Dine with the Beast" se queda manteniendo la nota durante unos segundos y a continuación, allí donde los simples mortales simplemente dejarían de respirar, realiza un crescendo es escalas que lo sitúa en el asiento de la izquierda del señor Halford.

Nos acercamos al final de esta aventura colosal y épica, plagada de espadas, sangre, mitología y fantasía. Yo estoy algo exhausto de moverme por el campo de batalla, pero Manowar todavía tiene fuerzas para regalarnos el tema más extenso del disco: March for Revenge (by Soldiers of Death). Muy en la línea de Battle Hymn, la canción nos presenta la ya típica sonoridad épica y nórdica. Y sinceramente, cuando Adams grita eso de "Steel meet Steel" a mí se me pone la piel de gallina. 

Y ahora sí, acaba este segundo disco de Manowar, que también supone el segundo acto de esta especie de Sinfonía en la que me he embarcado. Quizá a muchos os sorprenda que en mi Elogio del Heavy Metal esté incluyendo grupos tan poco representativos como los de USPM o estos Manowar menos conocidos, pero precisamente de eso se trata. Todos conocemos los grandes nombres, los grandes discos y las grandes actuaciones, pero quizá nos perdamos algo de la magia que desprenden muchos otros que se esconden bajo la superficie. Porque formar parte de una comunidad que ondea la cantidad de banderas que aparecen en el minuto 2:42 de este vídeo sin diferenciar fronteras, razas o etnias es algo increíblemente emocionante para mí. Y sólo por ser capaces de generar eso en tantísima gente, estos veteranos se han ganado el derecho de ser todo lo horteras que quieran ser.


We'll Burn the Sky - Elogio del heavy metal en tres movimientos (I)


Primer Movimiento - Acero, Truenos y Gloria (Descubriendo el USPM)
Deliver us from evil today, deliver us from evil we pray!

Para continuar con mi búsqueda tal y como había planteado en mi anterior entrada necesitaba desandar lo andado. Por ello me dispuse a recorrer la web de Rateyourmusic, sitio en la que había pasado largas horas durante mi adolescencia consultando listas sobre los mejores discos del heavy metal. ¿Qué trataba de conseguir? Información. Mi búsqueda iba dirigida a conocer más y más y con ello descubrir la canción perfecta, el disco perfecto, el grupo perfecto. Evidentemente eso nunca llegó, aunque hubieron algunos por el camino que se quedaron muy cerca los estándares.

Pues bien, una vez establecidos los parámetros que quería seguir, caí en la cuenta rápidamente de algo fundamental: me sabía todas las listas. Ya conocía todos los discos que iban a aparecer en ellas: el magnífico streak de los cuatro primeros discos de Black Sabbath, Zeppelin o Deep Purple, las mejores rachas de Iron Maiden o Metallica, el increíble Sad Wings of Destiny u otros tantos de los Metal Gods. y ya dependiendo de los gustos del reseñista podríamos ver más discos de power, como podrían ser los primeros de Helloween, Hammerfall, incluso Angra o Gamma Ray, de thrash (Slayer, Testament, Megadeth, Anthrax, Overkill, Kreator), incluso del Death más primigenio (Death, Morbid Angel o Cannibal Corpse). Y ojo, no me malinterpretéis, yo adoro estos discos tanto como estos usuarios que los incluyen en sus rankings, pero no era esto lo que estaba buscando. Quería salirme del canon del heavy metal, ahondar en sendas ocultas a la vista y bucear entre aguas pantanosas.

Cuando casi me había dado por vencido con rateyourmusic algo pasó: dí con una lista con álbumes de los que poco o nada había oído hablar en los primeros puestos del ranking. Grupos como Manilla Road, Cirith Ungol, Warlord, Heavy Load o Jag Panzer se enmarcaban dentro del top de este autor. Receloso, me puse a investigar dichos grupos para saber si lo que estaba diciendo este hombre tenía sentido o era una completa exageración. Ahora puedo decir sinceramente que tenía más de lo segundo, pero mucho me temo que el propósito de este autor no era precisamente la exactitud ni el rigor en su elaboración de la lista, sino otro bien distinto. Lo que me parece que intentaba -y que consiguió conmigo- era el abrir una puerta a un mundo que gran parte del público desconocemos. Por supuesto, estoy hablando del fascinante mundo del United States Power Metal (USPM).

Os voy a resumir en tres puntos principales porque este descubrimiento ha sido tan importante y cautivador para mí a estas alturas de mi vida:
  1. Porque tras quince años escuchando infinidad de subgéneros del metal pensaba que era imposible que algo me sorprendiera. Sabía que podían surgir nuevos estilos, pero no que pudiera descubrir un movimiento como este que prácticamente se gestó con un año o dos de diferencia de la NWOBHM, el punto de partida que definió realmente lo que íbamos a considerar heavy metal. 
  2. Porque sin duda alguna este subgénero representa lo mejor del metal. Son un puñado de bandas con mucha ilusión y un objetivo en mente: sonar diferentes al resto. Se puede percibir en sus discos y en su música todo lo naive que era esa época y todos los sueños que habían volcados entre sus partituras.
  3. Y porque, por encima de todo, estos grupos me devolvieron la ilusión adolescente por esta música tan increíble y que tanto me ha aportado. Al final siempre somos los mismos, pero con el paso de los años nos disfrazamos con diferentes caretas. Estos grupos me recordaron que yo siempre seré ese metalero que empezó a entender lo que era realmente la música entre discos de Mago de Oz (no lo voy a esconder), Led Zeppelin, Metallica y Scorpions.
No os voy a hacer una guía o una reseña de este estilo porque para eso tenéis el magnífico trabajo de esta página, donde podéis encontrar definiciones, discos recomendados, la evolución del género desde los ochenta...en definitiva, toda la información importante sobre el USPM. Lo que sí os voy a intentar transmitir son mis sensaciones cuando comencé a escuchar estos discos y el poder de seducción que creo que tienen.

Y es que esa ilusión de la que os hablaba en estos discos es tan palpable que se contagia. Ahora puedo entender porque al autor de la lista le fascina tantísimo el género, ya que esa mezcla que contiene del heavy metal primigenio, letras y temática épicas con todo un aire de misticismo alrededor de cada grupo es algo que a mí también me ha conquistado. Por supuesto, debemos reconocer que ninguno de los cuatro discos que he seleccionado para componer este texto (Crystal Logic de Manilla Road, King of the Dead de Cirith Ungol y Deliver Us de Warlord -el cuarto lo sabréis más adelante-) tienen una calidad de sonido espectacular. Hay que pensar que son los primeros discos de grupos sin demasiado presupuesto y la producción no es la mejor, pero poco importa eso cuando te colocas los auriculares y el estallido de acero comienza.



Un estallido que se engarza casi sin querer con todas tus vivencias. Y es que el poder de la música es algo que siempre me fascinará. Puede almacenar recuerdos que despiertan con un acorde de guitarra, generar sentimientos que ni siquiera sabías que podían existir, darle sentido a aquello que te ronda la cabeza y no tiene demasiada explicación o crear atmósferas que te transportan directamente a un mundo nuevo y desconocido. Entre muchas otras cosas, los grupos de los que hablo hoy son de este último orden.

Tanto Manilla Road con su Crystal, como Cirith Ungol con el King y Warlord con el Deliver consiguen algo tremendamente complicado: sonar tan originales y propios que desarrollan para el oyente toda una intricada red de nuevas sensaciones, como si de descubrir un nuevo mundo se tratara. Mientras que Manilla Road se las apañan para darte alguna poción mágica -de las que pueden formar parte de sus letras -y que así te sientas como ese vikingo que nos saluda alegremente desde la portada, cabalgando a lomos de su corcel directamente hasta esa especie de ciudadela extraña donde quizá alberguen tesoros, donde quizá alberguen peligros y donde seguro albergan batallas; Cirith Ungol presentan una propuesta directamente inspirada por los Sabbath época Ozzy, con una música que consigue desarrollar a tu alrededor un universo formado por las cavernas y mazmorras más oscuras de la creación. Y qué decir de Warlord. Tal y como muestra si inquietante portada, desde que comienza la batería a marcha marcial de su Deliver Us parecemos adentrarnos en un castillo embrujado, en algo que bien podía la famosa casa Usher de Poe, despojada quizá de su maldad intrínseca y dotada de cierto misticismo inocente. 

Así que ahí estaba yo, delante de mi ordenador, viajando a través de escenarios, historias y mundos diversos a través de tan sólo unos acordes de guitarra. Y a la vez que podía escuchar esos universos había algo más que sentía en la música de estos americanos que no podía quitarme de encima y que de alguna era lo que mantenía abrazado a ellos. Algo que me transmitía un cariño especial por estas personas que tanto esfuerzo habían dedicado a sonar diferentes al resto. Al principio no podía identificar de que se trataba, pero más tarde, investigando las biografías de cada uno de los grupos lo vi claro: lo que en realidad estaba escuchando eran los sueños rotos de un grupo de veinteañeros que volcaron todas sus ilusiones en una industria que les dio la espalda cuando más la necesitaban.

No hay que olvidar que estamos hablando de tres discos (o cuatro) que vieron la luz entre el 83-84, y quizá simplemente sus propuestas se quedaron atrapadas entre dos mundos que darían forma y color al mundo del metal americano en los siguientes años y que se estaban forjando paralelamente. Por un lado, en el mundo mainstream el país abrazó los excesos del glam metal fuera de los escenarios y su sencillez estructural dentro de ellos. Por otro, el thrash metal se alzaba desde el underground como un inmenso y violento Golem que poco a poco conquistaría -por unos años al menos- el trono del metal. Y en medio de estos dos titanes se encontraban estos grupos, que con su grandilocuencia y épica no lograron encandilar al gran público.

Quizá el escuchar un doom ¿progresivo? como el que practican los Ungol era demasiado (no todos pueden ser Black Sabbath), el mezclar el speed metal con la épica de la Necropolis de MR no enganchaba lo suficiente o prácticamente inventarte la forma de tocar un género con su Child of the Damned (unos cinco años antes de que el power se expandiera por todo el globo) fuera algo que Warlord no supo sobrellevar. Y digo sobrellevar porque Warlord especialmente fue un grupo que quería por encima de todo triunfar. Pusieron todos sus esfuerzos -físicos, económicos y mentales- en la grabación de un disco en falso directo que -según pensaban- los lanzaría directamente a la liga de los más grandes. Sobra decir que, pese a la calidad del álbum, poco más se supo de esta banda hasta dos décadas más tarde, donde pudieron volver gracias a una base de fans de culto que los reclamaba. Muy lejos quedaron todos esos sueños de estrellato y de invadir de metal cada casa estadounidense.

Por la razón que fuera, no me cabe la menor duda que cualquier de estas formaciones podría merendarse sin problemas en calidad y magia a grandes bandas que hoy cuentan con el beneplácito de la audiencia. Pero he de decir que hasta ahora no he sido del todo sincero con vosotros, porque esto es lo que me he estado guardando durante todo el post: hubo una banda que sí consiguió traspasar esa frontera y crear un cisma entre los dos dimensiones predominantes. Dentro de esta vorágine de nuevas bandas, estilos y prácticamente galaxias enteras, un grupo surgió como un trueno en el firmamento para conseguir ganar la batalla que sus compañeros habían perdido con un disco sin precedentes que marcaría las bases de diversos estilos en el futuro y los situaría como el epicentro del metal americano por excelencia. Como ya habréis imaginado, no podía estar refiriéndome a otro disco que el Into Glory Ride de los -autoproclamados- reyes del metal, Manowar.

We'll Burn the Sky - Elogio del heavy metal en tres movimientos (Preludio)

Preludio - Música, datos y spotify

Sí, tres movimientos. Nada más y nada menos. Tres movimientos que a su vez constan de un preludio y una coda. Tarea titánica para vosotros, mis lectores. Una tarea que debía hacer, porque si de algo me he dado cuenta en todos estos años que llevo escribiendo intermitentemente este blog, es de que se ha convertido ya por derecho propio en un espacio en el que volcar mis inquietudes. En mi diario musical; sí. En un diario musical a través del cual se puede descifrar (al menos yo puedo hacerlo) gran parte de mis sensaciones, sentimientos o estados de ánimo que he ido experimentando mientras escribía las entradas que realizaba. Y sin duda estos posts van a constituir uno de mis mayores logros introspectivos de mi vida. Pero no nos adelantemos y vayamos al comienzo de esta historia.

Os pondré un poco en situación. Es 2020, el mundo está sufriendo los efectos de un virus llamado Covid-19 que ha cumplido con todas las expectativas que una película apocalíptica podía desear y, aunque parece que mi país (España) ha sobrepasado el peor golpe, todo es incertidumbre y desconcierto. Por no hablar de que la situación mundial es la peor en toda la evolución de la enfermedad. Dentro de esta vorágine cada uno de nosotros ha ido buscando su tabla a la que asirse contra el maremoto. Porque así somos los humanos, si se nos ataca con incertidumbre e inconsistencia lo que hacemos es inventarnos las certezas a las que agarrarnos.

Hay que entender que uno de los pilares fundamentales de mi vida está sostenido por la música. Por eso, cuando durante el confinamiento se me ocurrió (inconscientemente, claro) que debía realizar una cronología de toda la música que he escuchado desde que empecé a tomar conciencia de eso que entendemos como escuchar y no sólo oír, supe al instante qué es lo que intentaba hacer con este acto: intentaba buscar una madera más grande a la que subirme.

Así que me puse a ello. Debéis entender algo, para mí realizar esa tarea no es algo tan imposible como se pudiera pensar, ya que cuando dedicas gran parte de tu tiempo libre a la música, llevar un registro de -más o menos- todo lo que has escuchado no es tan complicado. Pero, evidentemente, había muchas lagunas, había muchos huecos que rellenar, recuerdos que traer de vuelta, sonidos que volver a encajar en mis oídos tras 15 años de espera...en definitiva, había mucho trabajo que hacer. 

Lo que tenía clara era una cosa, me iba a encontrar con mucho, mucho metal. Desde los 13 años, que fue la edad con la que comencé a adentrarme de lleno en la música hasta prácticamente los 17-18, lo único que escuchaba era metal. A partir de ese momento fui abriendo el oído y la mente al resto de estilos. Por eso, uno de mis primeros esfuerzos fue el de recoger todos mis discos físicos, ordenándolos por fecha de escucha. Los que más pistas me proporcionaron fueron estos samples de diversas revistas que me compraba en mis primeros acercamientos al género. 

can you feel it?

Era 2003 y el acceso ilimitado que tenemos ahora mismo a prácticamente toda la música del planeta no existía, por lo que estos discos en los que podías escuchar como mínimo a doce artistas distintos, muy habitualmente de doce estilos diferentes, tenían un precio incalculable. Fue la parte más importante en mi iniciación dentro del mundo de la música pesada, porque gracias a escuchar estos discos y leer estas revistas me hice una idea muy clara de qué era el heavy metal y qué subgéneros contenía. Estaba descubriendo todo un mundo y sus puertas se abrían ante mí recubiertas de cuero y acero.

Pero de momento eso es harina de otro costal (y frases para otra entrada). Lo que nos importa para este preludio es sin duda mi siguiente idea para seguir recopilando música que integrase mi cronología. Y para ello pensé en hacer una recopilación por año de publicación de una gran cantidad de discos. Si me ponía a mirar discos que se publicaron en 2003, en 2004 encontraría muchas más piezas de las que tirar. Eso pensaba. Sé que existen muchas páginas que integran buenas bases de datos en su sistema (algunas como https://www.allmusic.com/ o https://www.discogs.com/), de hecho, las consulto a menudo. Pero no era lo que yo buscaba. Quería algo sencillo y eficiente donde pudiera buscar por año cientos de discos y elegir cuáles había escuchado y cuáles no. Así que como no encontraba una solución que me satisficiera, me puse manos a la obra a realizarlo yo mismo.

Así estaba fusionando mi pasión con mi trabajo de una manera muy satisfactoria. Y aquí me perdonareis que me ponga algo técnico, pero es imprescindible para el resto de la historia conocer todo el proceso que he ido siguiendo. Como os decía, para mí lo principal era conseguir una base de datos que pudiera manejar más o menos a mi antojo. Tras investigar una tarde, me pareció que lo más adecuado era recoger los metadatos de Spotify. Para ello, lo que hice fue realizar llamadas a través de la API de spotify (que tiene una documentación preciosa: https://developer.spotify.com/documentation/web-api/) mediante un script de python en un Jupyter Notebook. Os dejo aquí el código por si a alguien le interesa:

El único problema que te puedes encontrar es que limitan mucho el número de llamadas. A través de la pagination conseguí un total de 2.000 resultados por año. Al final, agrupé todos esos resultados desde el año 1965 y lo matcheé todo con otras llamadas prácticamente iguales para extraer el género del artista. La llamada para álbum no te permite extraer el género, por lo que este paso para mí era fundamental a la hora de organizar la información.

Después de este proceso, conseguí lo que era mi idea inicial: un Gsheets donde tenía toda la información y con la que podía jugar a mi antojo, con datos de discos desde 1965 hasta 2020. Luego me di cuenta que quizás esto le podría servir a más gente, por lo que creé este datastudio con el que todo se visualiza de una forma mucho más gráfica y sencilla (al final un excel es un excel).


Vale, ya pasó. Fin de la parte técnica. Y, ¿por qué esto era importante para la historia? Os preguntaréis no sin razón. Por dos motivos muy sencillos:

  • Uno porque descubrí algo que me voló completamente la mente. No sé si conoceréis a la banda Ghost, unos suecos que se disfrazan de sacerdotes fantastamales y practican un metal curioso. No son santo de mi devoción, ni mucho menos, pero repasando mi BBDD encontré un grupo también llamado Ghost que sacó un disco en el año 1969 también llamado Ghost. Hasta ahí todo parece normal (no os imagináis la cantidad de artistas que se llaman Ghost), pero todo se enreda cuando descubro que el grupo moderno saca a la luz un EP en 2019 donde dicen que "sacan material extraído de los archivos de 1969" (más info sobre el album aquí: https://en.wikipedia.org/wiki/Seven_Inches_of_Satanic_Panic). Para rematar el asunto, el nombrado disco del 69' que encontré en la base de datos me ha sido completamente imposible de encontrar en Spotify. Pero existir, existe. Con un nombre perfectamente apropiado, además.

  • Y segundo, y más importante, porque me di cuenta de algo fundamental. Había podido llegar hasta la curiosa historia de Ghost por el mismo motivo que me había arrastrado hará ya más de 15 años irremediablemente hasta las fauces de la música: porque no podía dejar de buscar más y más música hecha de los hilos que tejen el averno.
Esta revelación vino como algo completamente obvio y, a la vez, totalmente catártico. Aunque siempre lo había sabido, nunca lo había tenido tan claro como en este momento: si bien disfrutaba de cualquier género musical (en un mismo día puedo escuchar a C.Tangana, John Cage, Bob Dylan o James Blake, pasando por Benny Goodman o Robert Johnson) de una forma más frívola o intelectual, el heavy metal es definitivamente lo que me remueve las entrañas y me pone la piel de gallina.

Y así acaba este preludio y comienza el primer movimiento: con una vuelta al origen, a mis comienzos en la búsqueda de los mejores álbumes de una música que marcaría gran parte de mi adolescencia y se uniría a mí para siempre.

Travis Birds - Año X

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He de admitirlo: probablemente no hubiera conocido a Travis Birds de no haber sido por el disco tributo a Joaquín Sabina. Tampoco soy mucho de discos tributo, pero sin darme cuenta un día apareció en mi reproductor esta cantautora y revolucionó uno de los iconos de la música española: 19 días y 500 noches.

¿Qué es lo que hace Travis Birds? Se transforma en la versión femenina de Sabina. No sólo porque capture la esencia del mensaje, ni tampoco porque logre canalizar la visión de la mujer a través de la poesía de Benjamín Prado; la verdadera transmutación viene del hecho de que no creo que exista mejor homenaje a Sabina que rebelarse contra él mismo y ofrecer una versión a la altura de la original. Y eso, para un fiel defensor de 19 días y 500 noches, son palabras mayores.

Así que después de tal hazaña no podía sino lanzarme a bucear en todos los trabajos que esta cantautora tan original hubiera sacado hasta la fecha, lo que me llevó hasta este disco. Y antes de pasar a comentarlo debo explicar que cuando escucho música, y más cuando se trata de música en castellano, me pasa una cosa curiosa: estoy tenso. Estoy tenso hasta que veo que las rimas cuadran con el sentido y que no se ha dispuesto una letra vacía al compás de una música preparada. Para mí, una canción que no tiene esos elementos me pone igual de nervioso que ver a una malabarista que pierde el equilibrio en su gran número. Por eso, cuando pasé la segunda estrofa de la primera canción del disco, Eduardo, entendí que podía relajarme y disfrutar de la obra. Me encontré una letra muy cuidada, una manera de transmitir lo que está contando muy personal, un ligero toque autobiográfico y un toque de ironía admirable.

A partir de aquí pude ver como Travis plasma todo su universo en diez canciones, y lo hace de una manera sorprendentemente ecléctica. Puede pasar del manouche jazz de Creature of the Night al pop/rock de Azul Noche o al country/blues de canciones como Maggie 1983 o Thelma y Louise. Y además lo hace con ese toque personal que aporta un halo de cierta misticidad y ternura que la acercan a su público.

Y como suelo hacer, dejé el disco en barbecho durante un tiempo para más tarde volver y comprobar si mis primeras impresiones eran acertadas o simplemente habían venido inducidas por una racha de sequía musical que me llevó a apreciar algo de más esta obra. Sin embargo, al entrar de nuevo en esta historia y comprobar que me gustaban más del 60% de las canciones del disco tuve claro que se trataba de una gran obra. Pero hubo un motivo más que me llevó a considerar el álbum como uno de los mejores que había podido escuchar en la última década. Algo que estaba más allá de la música, algo que había que buscar cómo si del arca perdida se tratara

Durante mi investigación entendí que en estas diez canciones Travis estaba dejando pistas para que cualquiera con interés en hacerlo pudiera juntar las piezas del puzzle y ver la fotografía completa de lo que era en realidad. Porque, a mi entender, las diez canciones de este disco no son historias dejadas caer el azar, sino que están contando una historia de principio a fin. Para mí, este es un disco conceptual que fácilmente se podría haber titulado Caída y Auge de Travis Birds. Mi vida en 10 canciones. Y desentrañar este puzzle va a ser la tarea principal de este post. 

Comencemos por el principio: El orden. La historia que cuenta el disco se puede entrever entre sus canciones, pero el orden dispuesto no sigue la cronología de esta. Para entenderlo mejor, creo que se debería escuchar el disco de la siguiente manera:

1. Elvis
2. Alas
3. Azul Noche
4. Eduardo
5. Humo
6. Luces Extrañas
7. Maggie 1983
8. Thelma y Louise
9. La chica del tren
10. Creature of the Night.

No pretendo que parezca que Travis Birds ahora es Tool y está ocultándonos información sobre el álbum ni que hay toda una conspiración detrás para que no sepamos la verdad. Pero el disco conceptual que yo veo en mi cabeza se organiza de esta manera debido a los acontecimientos que se cuentan en cada una de estas canciones. ¿Por qué? Vamos a ello:

En la primera parte de la historia, que se cuenta tanto en Elvis como en Alas, Travis nos esta mostrando su adolescencia, o al menos una parte de ella. Vemos como en estos dos pasajes la protagonista está sufriendo del típico amor adolescente por un ídolo juvenil (Elvis en este caso) para más tarde traspasar esa ilusión, ese amor incondicional a otro ser, esta vez más cercano y "real", aunque también de forma platónica. Queda completamente patente que se plantea este amor de la misma manera que lo hacía con Elvis, es decir: contemplándolo en la distancia. Podemos verlo más claro en frases como:
Tienes unos labios tan bonitos
Que pueden causar dolor
Que podrían darle alas a un insecto como yo
Donde la protagonista se infravalora como algo tan alejado de su amor que ni siquiera se considera de su propia especie.
Pasamos ahora a una de mis canciones preferidas del disco, Azul Noche. Aquí ya vemos a una persona que ha crecido tanto sentimental como personalmente y habla de tú a tú con ese amor del que hablábamos antes. Aunque todavía quedan resquicios del poder que la otra persona tiene sobre ella, se percibe un cambio vital en el que ella ya no está tan a merced de los deseos del otro:
Y llego a la conclusión, espero hasta mañana, aguanto la sensación de lluvia en tierra mojada
Podemos entender esta parte de la narración como el inicio de una historia de amor a través de esa ilusión que te hace perder la noción del pasado, del presente y del futuro:
Haces que cuando hablo se evapore toda compostura y ya no sé ni si estoy de pie, ni si voy desnuda
Y llegamos a Eduardo, el principio del fin de la primera parte de la historia. La canción nos cuenta como en la misma boda de la protagonista el novio descubre que su verdadero amor es un hombre (ojo al cenit porque está tan bien trabajado que no puedes sino sonreír). Pero lo importante de esta canción no está en la historia en sí, sino en el pequeño detalle que nos regala Travis para indicarnos que Celia, la protagonista de toda la historia, es en realidad su alter ego. Y es que justo después del instante en el que dice "Ella no te gusta nada" Travis suelta un "Ay" suspirado que solo puede significar una cosa: ese dolor lo sintió ella misma. Pero todo esta teoría propia se confirmará en Maggie 1983 como veremos más adelante.

Después de esto, Travis se zambulle de lleno en un valle oscuro y algo depresivo que podemos ver en dos canciones: Humo y Luces Extrañas. Acaba de perder al amor de su vida y la luz no llega hasta su habitación:
Solo dame un segundo
que no puedo respirarte
te has convertido en humo
y estás desnudando al aire
El tiempo lloviendo lento
y tu voz cayendo dentro
cayendo dentro de tu voz
Y en este hilo de depresión llegamos a Maggie 1983, donde parece que la protagonista está en el último momento de su vida. Pero creo que debemos entender esta última fase como una especie de desdoblamiento de la protagonista por el cual deja atrás toda esa parte negativa y oscura que "muere" en este momento para poder ver la vida a través de "luces de colores".
Y es también aquí, como adelantábamos en el párrafo anterior, donde Travis inicia un ritual que luego se repetirá en alguna de las siguientes canciones que nos esperan: cambiar de la tercera a la primera persona. Una técnica que me recuerda al primer Dylan en canciones como Desolation Row, en la que nos cuenta toda una historia ajena para al final desvelar que todo el rato estaba hablando de él mismo.
Sobre el minuto 1:32 hace referencia en 3a persona a Maggie:
Pero para un momento a preguntarse
si ha llegado a alguna parte
estando fuera de control.
 Pero en el minuto 3:45 aparece esa 1a persona que desnuda a la cantante:
Entonces me paro a preguntarme
si he llegado a alguna parte
con todo bajo control.
Ahora sí, con la fuerza que ha conseguido al haberse desprendido de todo ese equipaje más pesado, Travis está dispuesta a ser una de las protagonistas de Thelma y Louise. Esta canción representa la libertad que siente la artista en este momento. Un momento en el que se siente capaz de cualquier cosa, se siente independiente, segura y con ganas de empezar una nueva vida. Es a partir de esta canción cuando vemos un cambio en la música, que pasa de un estilo algo más apagado e intimista a otro que denota alegría y celebración.

Y es a través de esa experiencia como consigue las fuerzas suficientes para dejarlo todo y "empezar a ser valiente" en La chica del tren, donde volvemos a ese desdoblamiento de la personalidad de la protagonista en el que al final se descubre que habla de su propia historia. Una historia en la que nos cuenta que lo mejor que pudo hacer para superar su situación fue alejarse:
A su izquierda una maleta
llevaba el corazón, ropa limpia y horas muertas
solo quería perderse
huir lejos de allí, donde no pudiera verte
Y por fin vemos el mensaje de optimismo que le hacía falta para volverse fuerte y levantarse de la caída que anunciábamos anteriormente en mi título inventado:
Y la verdad
es que no me ha ido tan mal
resbalando entre la gente
siendo sólo agua corriente
bebiendo en otro lugar
Por último, Travis nos cuenta en Creature of the Night que ha conocido a otra persona, es decir, que ha podido volver a ilusionarse, ha podido volver a sentir la alegría, ha podido ver la luz en las tinieblas, ha podido ver su toda su vida anterior y superarla:
Iluminas el cajón
donde guardo mi pasado
Y aquí termina mi interpretación de lo que creo que es uno de los discos mejor trabajados del pop español de los últimos años. Estoy convencido de que si Travis lee esto algún día puede que piense que se me ha ido la cabeza tanto como a Eduardo o que debería comerme unos cuantos caramelos de manzana a ver si se me asentaban las ideas. Pero aunque todo esto no sean más que castillos en el aire tengo que agradecerle los magníficos ratos que he pasado en el Ford Thunderbird azul nácar, en el banco que hace esquina en Plaza España, en Nueva York del año 83 o en el vagón de una vieja estación en un tren de mala muerte.

Historia de la Música Popular I - El Pacto con el Diablo

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En Misisipi, hace casi unos cien años, contaban que un hombre se paseaba por las calles nocturnas con una guitarra al hombro. Bien vestido, aunque con alguna rasgadura en el tejido, iba buscando algún portal donde poder refugiarse, algún compañero de viajes que le dejara tocar un rato sus seis cuerdas y comer un plato caliente. De vez en cuando cogía su guitarra y hacía sonar algo extraño, algo que nadie había escuchado jamás. Aquello era tan cautivador que uno no podía dejarlo, aún sabiendo que eso podía condenar su alma para siempre. Aunque nadie le conocía en persona (siempre era algún conocido quien afirmaba haberlo visto), la gente de los condados sí que tenía un nombre para él: Henry Sloan.

Y es que no había habitante de Misisipi que no hubiese oído hablar de este curioso personaje. Muchas eran las historias en las que alguien se había vuelto completamente loco al escuchar la guitarra de Sloan, otros decían que su mirada podía helar la sangre, que algunos habían muerto aterrorizados por su presencia. Pero lo único en lo que todos coincidían era que de sus manos salía algo nuevo, algo para lo que la música no estaba preparada, algo que podía revolucionar la historia. Se le atribuyó condición de fantasma, de buscavidas muy astuto, hasta de diablo. Su fama se fue expandiendo y algunos adolescentes que veían en la música una vía de escape para sus vidas opresivas y tortuosas se impusieron una misión: encontrar a Sloan para que les enseñara el camino.

Entre ellos estaba un aún jovencísimo Charlie Patton (aka Charley Patton). Este deseaba con todas sus fuerzas encontrar al hombre misterioso que le enseñaría los secretos de la guitarra y de la música. Que le mostraría cómo ser el hombre que siempre había querido ser. Por ello se embarcó en un viaje por todos los condados de la misma manera que Sloan se movía: con una guitarra al hombro a las horas más intempestivas. Poco le importaba si se trataba de un muerto viviente, de un fantasma o de Lucifer. Patton quería encontrarlo a toda costa.

Porque en una época tan tortuosa como esta para los negros en el sur de Estados Unidos, incluso una tarde con el diablo podía ser mejor opción que tu vida cotidiana. Era un conocido más, un amigo, un confidente, un compañero de batalla, un recolector de algodón... incluso un reverendo. Había alcanzado un status de normalidad para los habitantes de esa región de Estados Unidos, había conseguido ser uno más entre la multitud, y eso le encantaba. Porque todo el arte que se había hecho milenios atrás se había consagrado a la figura divina, a su antagonista de arriba. Y siempre pensó que su historia era mucho más interesante que la de Dios, pero no había tenido los mismos recursos ni las mismas simpatías del público. 

Patton estuvo buscando a Sloan durante meses, preguntó a aldeanos, a dueños de locales, a terratenientes, a la calaña más baja de la sociedad, pero ninguno lo había visto. Recogió poco más que un relato de un hombre que creía haberlo visto desde su porche y otro que contaba que un tal H. Sloan se había alojado en el motel de la ciudad. Nadie le había visto entrar ni salir, pero ahí estaban su nombre y su firma.

Incrédulo pero nervioso, Patton se decidió a entrar al famoso motel y le preguntó al dueño si podía quedarse con esa firma, a lo que este le dijo que por un módico precio era suya. Así que ahí estaba Patton, sin un centavo y con la firma de su ídolo desconocido vagando sin rumbo por Misisipi. Se hacía tarde aquel día y se quedó dormido apoyado en el porche de una casa sin nombre. Bien entrada la madrugada un escalofrío le recorrió el cuerpo y se despertó sobresaltado. Miró a su alrededor, no vio nada, pero notó algo. Una fuerza extraña y oscura le empujaba a coger su guitarra y tocar. Algo pasaba en sus dedos, parecía que los estaban guiando para que brotara ese extraño sonido cautivador. Ojalá alguien lo hubiera visto, ojalá alguien lo hubiera oído pero estaba allí sólo, componiendo la canción que podría cambiar el mundo, que podría sacarlo de la pobreza, de los campos, de la miseria. Y entonces apareció. No era una luz cegadora, todo lo contrario, era la pura oscuridad. Abrigo negro, piel oscura, guitarra negra... pero lo peor era su mirada. Su mirada no era negra, era un agujero, era el vacío. Aquella sombra se giró hacia él y empezó a llover. Patton siguió tocando y al hacerlo abrió una puerta que nunca se volvería a cerrar, aunque el verdadero final se revelaría años más tarde.



Esa puerta la atravesó uno de los mejores amigos de Patton, Son House. House también era músico, también tocaba la guitarra, pero era muy diferente en cuanto a las aspiraciones de Patton; para empezar, era predicador. Para ser más exactos, era el hijo de un músico que había hecho la conversión a predicador. Cansado de la mala vida, del alcohol, de las mujeres de una noche, de los robos y de los tiroteos el padre de House se retiró a la vida espiritual, aborreciendo todo de su etapa anterior. Por eso enseñó a su hijo a rezar, a vivir la vida de iglesia, y principalmente, a odiar a los músicos, especialmente si eran de blues. El blues se veía como la música del diablo y no quería que su hijo se corrompiera de esa manera. Pero a House hijo no le convencía la vida que su padre le estaba ofreciendo y buscó la manera de hacer la conversión inversa: de hombre religioso a músico de blues. Quería todo aquello que su padre rechazaba de manera frontal, aunque no abandonó sus tareas de predicador hasta años más tarde de adentrarse en el blues.

Pero House todavía no pensaba así la noche en que Patton se encontró cara a cara con Sloan. Por ese entonces, House todavía tenía esperanzas en la fe, en la religión, en Dios. Sin embargo, esa noche tuvo que rechazar toda esa espiritualidad por otra muy diferente. Aunque dormido, House pudo sentir las vibraciones, pudo escuchar cada una de las cuerdas que Patton estaba rozando en ese preciso momento. Entró tan dentro de él que no pudo sino levantarse al día siguiente, sacar la olvidada guitarra de su padre y ponerse a tocar hasta que las manos sangraron.

Conforme se fue haciendo adulto, House se acostumbró a frecuentar los tugurios más indeseables, a jugar, a beber, a sentir todo lo que hacía un bluesman verdadero. En una de las fiestas a las que solía asistir se sentó a la mesa de póker junto a otros vividores en busca de fortuna. La cosa le estaba yendo bien, en una mano llegó a tenerlos a todos atemorizados con un all in que parecía ser su jugada ganadora. Tenía un póker de ases y estaba convencido de su victoria. La mayoría se retiró al ver toda su suma de dinero en la mesa, pero hubo uno de ellos que se quedó y aceptó la apuesta. Esto consternó al bluesman, pero nada le iba a hacer temblar con una mano como aquella. Llegó el momento de destapar las cartas y fue entonces cuando House comprobó que lo había perdido todo. "Escalera de color" dijo el otro. Hubieron unos instantes de incertidumbre. Todos miraron a House porque sabían que iba a entrar en cólera. House clavó sus ojos en el que había destrozado su jugada. Parecía estar analizándole, juzgando cómo lo había conseguido.

Su adversario se llamaba Leroy Lee y House le acusó de no haber jugado limpio. Lee, evidentemente, se sintió ofendido y los dos se enzarzaron en una pelea a la que pronto se había unido media taberna. La cosa se puso fea cuando Lee sacó un revólver y, casi al instante, House también. Empezaron a dispararse y Lee acabó en el suelo muerto. Nuestro bluesman acabó en la cárcel y allí permaneció un año hasta que sus amigos y familiares consiguieron el dinero para sacarle. Durante ese año House conoció a muchos reclusos, pero hubo uno que le impresiono sobremanera. Era un hombre oscuro y taciturno, que no gustaba al resto de presos. Nadie le dirigía la mirada, ni siquiera parecían verlo. Un día se sentó junto a House en la comida y le preguntó por sus dones con la guitarra:

- ¿Eres guitarrista verdad?
- Sí, fuera de aquí lo soy. También predicador.
- He oído que eres bueno, pero que podrías serlo más. He oído que hay algunos que son mejores que tú.
- Sí... El problema es el tiempo, ¿sabes?. La vida de noche y los oficios de día no me dejan tiempo para la guitarra.
- Creo que deberías dejar el mundo religioso, no te está haciendo ningún bien.
- No creas que no lo he pensado...
- Decídete. Ahora nadie va a ir a tu iglesia. No puedes ser un predicador convicto. Pero sí un músico de blues convicto. Eso tiene mucho más futuro.
- Ya.

Cuando House salió de la cárcel no podía quitarse las palabras del extraño preso de la cabeza. Así que colgó su alzacuellos y sintió que jamás había tocado tan bien como a partir de entonces.



Otro que pasó por el arco de Patton fue uno de los que iban a las antiguas monsergas de House. Un joven llamado Nehemiah Curtis James, conocido como Skip James. Aunque acudiera a la iglesia como debían hacer los hombres de bien, lo cierto es que James era más bien un canalla, un bandolero que se jactaba de portar cuchillo y pistola allá donde iba. Más que músico era traficante de whisky, cosa que le reportaba importantes beneficios. Sus amistades eran otros bandidos y sus relaciones "amorosas" poco más que una noche con mujeres que él trataba como objetos. 

James podía haber pasado por un matón más del condado de Misisipi, de no haber sido por el hecho que le cambió la vida para siempre. En una de sus actuaciones él estaba preparado para hacer la rutina de siempre: tocar cuatro canciones, empezar a beber como si no existiera un mañana, enzarzarse en alguna pelea y alardear de sus armas. Pero algo le distrajo de este ritual: una mujer que le miraba desde el fondo de la sala. No era una mujer como las habituales que se fijaban en James (o las que él pagaba). Algo la envolvía en un halo místico que le hacía parecer una sirena sombría.

James fue a su mesa, y la invitó a un whisky. Ella se lo bebió de un trago y se presentó: 

-Soy Oscella Robinson.
-Skip James.
-Lo sé.
-Me he dado cuenta de que estabas observándome toda la noche.
-No sé si te habrás fijado en que nadie más en la sala me está mirando a mí.
-Me da igual el resto de la gente, si me conoces lo sabrás. Llevo la pistola solo por si alguien se pone tonto.
-Ja, ja. Ya sé que no te dan miedo los hombres Skip. Pero las mujeres tenemos un poder que jamás entenderéis.
-Todavía no ha habido mujer que me pueda dominar Oscella. Ni creo que nazca nunca. Me debo completamente a mi música y a mí. No entiendo la vida de otra manera.
-Creo que no me estás entendiendo. Pero vamos por buen camino. Yo también creo que tu música es importante. Y tenemos que hacer que lo sea más.
-¿Me vas a patrocinar? Jamás permitiría que lo hiciera una mujer.
-No te voy a patrocinar, me voy a casar contigo. Y vas a ser mucho más grande de lo que eres.
-No pasaremos de esta noche Oscella.

A los pocos meses James y Robinson estaban casados. Ella lo cambió completamente todo para el bluesman. A partir de su enlace James modificó su actitud, su visión de las mujeres, su modo de vida. Como a William Munny en Sin Perdón, el amor de una mujer le hizo intentar expiar sus pecados. Dejó de beber, casi no fumaba y llevaba mucho tiempo sin meterse en líos. Además había mejorado mucho en su técnica de guitarra porque Oscella le obligaba a practicar todos los días. Para ella todavía no había encontrado su sonido, todavía le faltaba algo que le hiciera único, que le hiciera pasar a la posteridad. Y él seguía buscando complacerla.

Pero ya no sabía qué más hacer. La técnica de James era muy buena, muchos músicos de la época ya lo admiraban, sus letras eran tristes, un lamento y una denuncia de la horrible época que estaban viviendo los negros en Estados Unidos (no hay más que ver Hard Times Killing Floor Blues, por poner uno de los ejemplos más escalofriantes), pero nada la convencía, nada la contentaba. Después de un duro día de trabajo, James volvía a casa para seguir practicando con su guitarra y encontrar así "el sonido". Abrió la mosquitera de su chabola y no encontró a su mujer donde normalmente le esperaba cada día. Recorrió la estancia, se dirigió hacia la habitación y abrió la puerta de un golpe. Lo que más había temido estaba sucediendo frente a sus ojos: Oscella se estaba acostando con otro hombre.

Al poco tiempo le abandonó para casarse con él, un veterano de la Primera Guerra Mundial. Sus últimas palabras a James fueron: "Ahora lo vas a encontrar". Y así fue. El dolor y la rabia por el fracaso sentimental inspiraron a James para escribir su canción más conocida: Devil Got my Woman. Un sonido que por veces recuerda a un canto tribal africano, un quejido herrumbroso que sale desde los profundidades más lovecraftianas. Algo tan estremecedor que puede desvanecer un día soleado. 

Además, si ya en la imaginería bluesiana la mujer es presentada como la causante de todas las desgracias del protagonista (y el diablo suele jugar un papel más de cómplice o de compañero), en la obra de James esta visión empeora: la mujer se convierte en el mal personificado. La misoginia de James se intensificará con los años pero ninguna canción alcanzará la oscuridad que se esconde tras el canto lastimero de James en Devil Got my Woman. Si hubiera que escoger una melodía que nos avisara de que el día del juicio se acerca, sería sin duda esta. 



Cuando House y Patton empezaron a tocar juntos y Skip James encontró su sonido, el blues del Delta parecía haber encontrado sus reyes. También tenían súbditos leales como Tommy Johnson o Willie Brown que iniciaron el camino, pero ellos tres habían hecho de esta música algo que se podía "vender", algo que se podía considerar como arte. Como todos los ídolos, los bluesman tenían admiradores, pero uno de ellos destacaba con diferencia. Siempre estaba detrás de ellos, quería ser como ellos, tocar como ellos, beber como ellos. Morir como ellos si fuera necesario. Aunque halagador, el pequeño Robbie les molestaba la mayoría de las veces. Intentaban enseñarle a tocar pero aunque ponía todo su empeño era un completo negado: rompía las cuerdas, no sabía afinar la guitarra, no acertaba las notas y ni siquiera sabía seguir el ritmo de las canciones más simples. Al final, siempre le daban largas para que se fuera.

Así que un día Robbie se fue. Se fue lejos, no quería seguir en un pueblo donde la mayoría de gente se burlaba de él por intentar dedicarse a la pasión de su vida. Se fue con una guitarra destartalada y su traje a caminar sin rumbo a través del Misisipi. Si alguien lo hubiera visto en ese momento se hubiera encontrando con un adolescente que había perdido toda esperanza y cuya única meta era escapar hacia adelante sin saber muy bien cómo ni porqué. Sólo tenía clara una cosa, iba a conseguir ser el mejor guitarrista de todos los tiempos.

Aunque él sabía que tal y como tocaba era imposible que alguien pudiera llegar a pensar eso. Tocaba noche y día, pero sólo conseguía que la guitarra sonara como algo parecido a rocas chocando. Un día, caminando bajo el árido sol se le unió un extraño hombre en su paseo. Vestía una gorra roja, calada hasta los ojos, iba con una camiseta blanca de tirantes raída y unos pantalones de pana sujetos con unos tirantes negros. Robbie siguió caminando mientras el desconocido seguía su paso sin mediar palabra. Al muchacho no le gustaba el silencio, así que lo rompió de la mejor manera que pudo:

-¿Llevas mucho tiempo en el Delta?
-Mucho más tiempo que tú. Llevo tanto que ni me acuerdo de cuando llegué.
-¿Y hacia dónde vas?
-Solo te acompañaba. Sigue caminando.
-...

Así siguieron durante millas, en silencio, sin mirarse, simplemente eran dos personas caminando una junto a otra. Robbie notaba algo en él que le infundía cierto temor, que le hacía estar tenso. Pero solo pensaba en alcanzar su futuro.

El desconocido no paraba de murmurar cosas sin sentido. Llevaba una especie de cantimplora que no soltaba bajo ninguna circunstancia. Caminaron varios días, pero llegaron a un punto en el que los dos se pararon a la vez: un cruce de caminos.

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Esto es algo muy típico en la mitología americana, ya que su simbología permite dirigirse a lo más profundo de la cultura estadounidense: la individualidad, la lucha personal, la elección. Para los americanos, si se abren mil caminos distintos ante ti significa que tienes la gran suerte de poder elegir entre todos ellos. Toda tu vida está condicionada por tus actos y por tus decisiones. Y aunque puedas seguir el bello ejemplo de Robert Frost en The Road not Taken y escoger el "menos transitado", sabes que eso sólo significará que vas a modificar a ciegas tu destino.

Después de quedarse parados, el extraño se volvió hacia Robbie y su rostro cambió de una manera sobrenatural. Se le empezaron a hundir las cuencas de los ojos, se le desfiguró la cara y cuando empezó a hablar su voz surgió de entre las profundidades de la tierra:

-Ya sabes por qué estamos aquí.
-Hola Henry.
-Hola Robert. ¿Sabes lo que esto significa verdad? Sabes el precio.
-Perfectamente.
-Bien. Entonces toma, bebe de aquí.
-Gracias.
-YA NO HAY VUELTA ATRÁS. QUE EL BLUES SEA CONTIGO.

Robbie cogió su guitarra y bebió de la extraña cantimplora. Su alma había cambiado de dueño, pero todos los secretos del blues, todas las técnicas de guitarra imposibles para él se habían transformado en un juego de niños. Nadie le podría superar, y lo más importante es que podría vengarse de aquellos que se burlaron de él. Ya como Robert Johnson, el bluesman volvió a su pueblo natal y buscó a Son House y a Charlie Patton. Los encontró sentados en el porche, tocando. House le llamó, le preguntó dónde había estado todo este tiempo y si ya había dejado de romper cuerdas por ahí. Johnson no dijo ni una palabra, se limitó a coger su guitarra y comenzó a tocar. Aquel despliegue fue demasiado para Patton y House: coros con la guitarra, arpegios imposibles, técnica de slide que jamás habían visto... Sabían todo lo que Johnson había sacrificado para conseguir eso y aún así le envidiaban por ello.

Y es que desde aquel cruce Robert Johnson pasó a convertirse en la mayor leyenda del blues de todos los tiempos. Aunque pronto murió envenenado por un marido celoso de una de las muchas mujeres con las que pasó una noche, antes consiguió grabar 28 temas con el sello Vocalion en dos sesiones separadas por un año, unas cuantas en 1936 y otras en 1937. Poco más se supo de su vida, pero esas canciones eran suficiente para perdurar como uno de los músicos más importantes del siglo.

Nos encontramos ante una selección de increíbles composiciones armónicas, técnicas de guitarra que parecen dos guitarristas simultáneos y una imaginería musical que será el caldo de cultivo para los géneros más importantes de la música popular, desde el pop o rythm and blues hasta el heavy metal, pasando por el rock e incluso el soul. Muchos dirán que la mejor canción de Johnson es Cross Road Blues y ciertamente es la que más músicos han versionado, la que más referencias ha cosechado, la que finalmente ha sido el tema insignia de este músico. Otros dirán que la mejor lírica de Johnson está en Hellhound on my Trail, que habla de los demonios que le persiguen de una manera que asustaría al mismísimo Edgar Allan Poe, o en Me and the Devil Blues también con referencias al diablo, a esa relación cotidiana que los negros sureños solían tener con el señor oscuro. El halo místico que crea Johnson en estas canciones nos hace sentir en la propia piel los escalofríos que provocarían un cara a cara con el diablo.

Pero si hay una canción de Johnson que refleja de verdad la senda que Patton había abierto y que miles siguieron tras él es Come On In my Kitchen. Es tan opresiva, tan triste, tan espectacularmente nebulosa que te envuelve y te deja totalmente exhausto. Es como si todo lo que estuviera más allá de la habitación fuera un aire irrespirable, árido. Te encuentras con un  mundo en llamas y lo único que puede resguardarte de ese infierno es la guitarra de Johnson. Cuentan que tras tocar esta canción en un concierto se hizo el silencio más sepulcral entre el público y la gente comenzó a llorar sin consuelo. Sería la banda sonora perfecta para esta maravillosa escena de Barton Fink de los hermanos Coen, grandes aficionados a toda la mitología del Delta:


Robert Johnson consiguió llegar al punto más álgido del blues acústico, supo canalizar todas las corrientes y mitologías anteriores al del Misisipi en una música que aún en nuestros días es una fuente de inspiración para miles de músicos y escritores. Nunca lo hubiera conseguido de no haber sido por Patton, House, James o el "otro" Johnson. La ambición de Johnson era tal que superó a sus maestros y se entregó a su condena el día en que Patton le reveló el secreto que tantos años había guardado:

Allí seguía Patton, delante de aquella sombra desconocida, tocando la guitarra de una manera que nunca se le hubiera ocurrido. Aunque estaba aterrorizado y la lluvia le estaba empapando hasta el último centímetro de su cuerpo, no podía parar de tocar. Necesitaba tocar. La sombra se iba acercando, dejando ver un poco más su rostro, su figura desgarbada. Cuando estuvo a pocos palmos de él, le arrancó la guitarra de sus dedos cansados y se puso a tocar una melodía que jamás nadie podrá reproducir. Patton se quedó maravillado. Por fin lo lo había encontrado, ahí estaba Henry Sloan frente a él. Sólo se le ocurrió una cosa que decirle:
-Enséname a tocar.
-(Riéndose) Pequeño Charlie, esto no se puede enseñar. Esto sale de la tierra. Este es el canto de la maldad que vosotros habéis conocido durante toda vuestra existencia. Esto recorre los siglos y atrapa la esencia de todos y cada uno de los actos perversos de la historia, los actos que sólo conocen los muertos para derramar unas gotas sobre los vivos. Si te dijera como tocar esto tu alma estaría condenada. Muchos te seguirían y corromperías a toda la humanidad. Tú eliges, pequeño Charlie.
-Al infierno con ellos.

Lista spotify

  

Referencias

http://ghostofhenrysloan.blogspot.com/2009/02/unraveling-mystery-of-henry-sloan.html
http://lamusicaesmiamante.blogspot.com/2013/05/el-fantasma-de-la-estacion-que-inspiro.html
https://web.archive.org/web/20071008082419/
http://www.historicaltextarchive.com/sections.php?op=viewarticle&artid=410#
https://georgelamplugh.com/2013/10/01/blues-stories-10-son-house-preacher-killer-father-of-the-delta-blues/
https://www.jotdown.es/2016/04/busca-skip-james/